¿Por qué hoy es un buen día para empezar a hablar con Dios?

Lo primero que debe motivarnos y animarnos para entrar en una vida de oración es que el mismo Dios nos lo pide. El hombre busca a Dios, pero Dios busca al hombre mucho más. Dios nos llama a tratarle, pues desde siempre, y mucho más de lo que podemos imaginar, desea ardientemente entrar en comunión con nosotros.

El fundamento más sólido de la vida de oración no es nuestra propia búsqueda, nuestra iniciativa personal, sino la iniciativa de Dios, quien sale a nuestro encuentro y nos quiere llenar de paz, alegría y amor.

Quien persevera día tras día en la oración es como un hombre que ha comprado una vieja casa en el campo y en el huerto de esta casa hay un pozo. Ese pozo no se ha utilizado quizá desde hace cien años y está cegado. El hombre considera que sería bueno volver a ponerlo en servicio. Y se pone entonces a cavar. Al principio no es cosa agradable: encuentra hojas muertas, piedras, barro, toda suerte de detritus, algunos bastante repugnantes. Pero si no e cansa y continua con su penoso trabajo, acaba por aflorar agua limpia y pura en el fondo del pozo, fresca y saludable.

Eso mismo nos pasa a nosotros: la fidelidad a la oración nos obliga a una penosa confrontación con lo que hay en nuestro corazón. Encontramos allí cosas bien pesadas, agobiantes y sucias. Pero llega un día en que , más profundamente que nuestras heridas psíquicas, más que nuestro pecados y manchas, alcanzamos una fuente hermosa y pura, la presencia de Dios en el fondo de nuestro corazón, a partir de la cual toda nuestra persona puede purificarse y renovarse. “De las entrañas de quien cree en mí brotarán ríos de agua viva” (JN 7, 38). El hombre no se purifica desde el exterior sino desde dentro. No tanto por un esfuerzo moral como descubriendo en su interior una Presencia y dándole libre curso.

Mediante la fidelidad a la oración encontramos en nosotros un espacio de pureza, de paz, de libertad, la presencia de Dios más íntima a nosotros que nosotros mismos. El centro del alma es Dios, dice Juan de la Cruz. Aprendemos poco a poco a vivir a partir de ese centro y ya no a partir de nuestra periferia psíquica herida:miedos, amarguras, agresividades, concupiscencias…

La interiorización que es fruto de la oración es mucho más que un asunto de simple recogimiento, es descubrir y unirnos a una Presencia íntima que se convierte en nuestra vida y en la fuente de todos nuestros pensamientos y acciones.

La oración es acoger con confianza el amor de Dios. Orar no es hacer algo por Dios, sino recibir su amor, dejarse amar por Él. Nos cuesta vivir eso, pues no creemos lo bastante en ese amor, nos sentimos con frecuencia indignos de este amor y estamos más centrados en nosotros mismos que en Él. En nuestro sutil orgullo, podemos tratr de hacer cosas buenas para Dios, en lugar de interesarnos ante todo en lo que Dios quiere hacer por nosotros, gratuitamente. Lo esencial es mantenernos en presencia de Dios, pequeños y pobres, pero abiertos y receptivos a su amor.

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