Quinto Ejercicio

 “La oración preparatoria y coloquios son la misma”, además contiene en sí dos preámbulos, cinco puntos y un coloquio diferente.

“La oración preparatoria es pedir gracia”. Toda dádiva buena y todo don perfecto es de arriba, desciende del Padre de las luces, sin la gracia divina no podemos nada ¿Y cuál es la gracia que pedimos? Que todas las intenciones de nuestra mente, las acciones de nuestro cuerpo, las operaciones de nuestra alma, durante la hora entera de oración, sean dirigidas al servicio y alabanza de su divina majestad.

Primer preámbulo, composición, ver aquí con la vista y la imaginación la longitud, anchura y profundidad del infierno.

Segundo preámbulo, Pedir lo que quiero: En este momento es pedir un sentimiento interno de la pena que padecen los dañados, para que si me olvidare del amor del Señor por mis faltas, por lo menos el temor de las penas me ayude para no caer en pecado.

Primer punto: El primer punto será ver con la vista y la imaginación los grandes fuegos (Mt., (25-41,3-12,13-42) Marc., (9-42, 7-10, 15-6) Judit, 16-21, Ecles., 21-10, 7-46-24) y las almas como en cuerpos ígneos (rocas volcánicas ardientes que proceden de la masa en fusión del interior de la tierra).

Segundo punto: El segundo es oír con los oídos los llantos, (Mt., VIII-12, XII-42, XIII-25-30 y Marc., 9-43) alaridos, voces, blasfemias, contra Cristo nuestro Señor y contra todos sus santos.

Tercer punto: El tercero, oler con el olfato humo, piedra, azufre, sentina (lugar lleno de inmundicias, suciedad y mal olor) y cosas putrefactas.

Cuarto Punto: El cuarto es experimentar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza (Lc., 6-25, XIV, 23-24) Job., X, 21-22) y verme la conciencia. (Mc., IX, 43-45. IS., L, 10-5-1., St. Thomás Summa part III. Suplmentum X.C.VII, art. II).

Quinto punto: Palpar con el tacto como los fuegos abrasan a las almas.

Coloquio: Hacer un diálogo con Cristo Nuestro Señor, recordar las almas que están en el infierno, unas porque no creyeron en su endeudamiento (obligaciones con Dios), otras por que aún creyendo no cumplieron sus mandamientos.

Hacerlo en tres parte:

Primera parte: Antes del endeudamiento.

 Segunda parte: La segunda es su vida.

Tercera parte: La tercera, después de su vida en este mundo, y con esto darle gracias porque no me ha dejado caer en ninguna de ellas, acabando mi vida. Así mismo, como ahora siempre ha tenido tanta piedad y misericordia.

Acabar esta introducción con un Pater Noster.

(San Ignacio).

El castigo eterno del pecado: el infierno

El castigo del infierno, tal como lo expone San Ignacio, se reduce a una simple aplicación de los sentidos y la razón. Al usar este procedimiento no es que este ejercicio sea de diferente naturaleza ni de menor importancia que los anteriores, sino que al realizarse en la quinta meditación, es cuando el alma del ejercitante está fatigada por las cuatro meditaciones precedentes y a esta hora comienza con el procedimiento ignaciano para aliviar el alma del ejercitante con un tipo de oración más sencillo y fácil, que el Santo lo llama con el nombre de aplicación de los sentidos.

Y ninguna otra ocasión más oportuna para iniciar al ejercitante en este nuevo género de oración, porque aquí se trata de ejercitar la pena aquí llamada de sentido, producida en los réprobos (persona que ha sido condenada al infierno) por la acción de un agente material, instrumento de la justicia divina.

Y no hay meditación del infierno como la intuición del infierno: basta ver para temer, sin que sea necesario razonar.

El rico Epulón, desde el infierno, lo creía cuando decía a Abraham: “Tengo cinco hermanos, no sea que vengan a este lugar, envíales a Lázaro que les cuente mi infortunio” (Lc., 16-30). Desciendan al infierno en vida para que no desciendan en la muerte. (San Bernardo. Epíst., ad. fra. de monte Dei, cap. 4). Pero aunque este ejercicio se presta a la aplicación de sentidos, no excluye el ejercicio de las tres potencias y las acostumbradas repeticiones, ni es de distinta manera, ni de menos importancia que los otros; por esta razón haremos de este ejercicio tres meditaciones: primera, la pena de sentido; segunda, la pena de daño; tercera, la eternidad.

PRIMER PREÁMBULO.- El primer preámbulo, composición: que es aquí ver con la vista de la imaginación la longitud, anchura y profundidad del infierno.

La existencia del infierno, pese a los antiguos saduceos, seleucianos, marcionitas y a los modernos libertinos, modernistas, protestantes, etc., es un dogma de fe, expresado muchas veces en la Escritura y admitido unánimemente por la tradición. Dios no es menos infinito en la justicia que en la misericordia, en el castigo que en la recompensa, en el infierno que en la Gloria. Y, si bien el salmista “ensalza la misericordia sobre todos los beneficios del Señor” (Ps., 144-91), también protesta el Apóstol “que de Dios nadie se burla” (Gal 6-7)., ” y es terrible caer en manos del Dios vivo” (Heb., 1-31).

Y este dogma del infierno, no solamente es dogma irrefragable (evidencia que no se puede contrarrestar) de la Escritura y de los Padres, sino patrimonio común de todos los pueblos, antiguos y modernos, y aún de las tribus más primitivas de América y Oceanía.

San Ignacio nos invita a ver con la vista imaginativa la longitud, anchura y profundidad del infierno. Podemos suponerlo conforme a su nombre y a la opinión común de los Padres, en las entrañas de la tierra. En este supuesto, veamos como desde el cráter de un volcán aquella inmensa caverna de veinticinco mil kilómetros de diámetro y en aquel océano de fuego, anegadas entre las olas procelosas de ardiente lava, “a las almas como cuerpos ígneos” (rocas volcánicas ardientes que proceden de la masa en fusión del interior de la tierra), en número sin número de todas las razas y de toda clase de estados, sin excepción; y en lo más profundo de aquel mar muerto, cloaca máxima de todos los pecados, al dragón circundado de su guardia negra, de los ángeles más rebeldes, de los sicarios más abominables, de los más obstinados pecadores.

PRIMER PREÁMBULO.- El segundo es pedir lo que quiero; será aquí pedir interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, al menos el temor de las penas me ayude para no caer en pecado. Este ejercicio es firme resolución de nunca jamás ofender a Dios: “Mi corazón es inconstante y mi carne flaca”; “yerra mi carne tu santo temor (Ps.118-120)”.

PRIMER PUNTO

El primer punto será ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las almas como cuerpos ígneos.

 a) El aspecto de los réprobos. Ver con la vista imaginativa aquí y allá, asentados en aquellas rocas volcánicas del averno a los réprobos, el aspecto triste, la faz pálida, la frente sombría, los ojos desencajados. Si aquí en la tierra el rostro del moribundo aparece triste, la mirada torva, la actitud inquieta, las mejillas llorosas, ¿Cuál sería la expresión del llanto, de inquietud, tristeza y pavor, desesperación de los condenados?

b) Ver con la vista imaginativa la compañía de los réprobos, racimos de truhanes y tahúres, ruedas de parricidas y sicarios, hordas de sacrílegos y raptores, la sentina de todas las abominaciones, la hez de todos los vicios y pecados. Si acá en la tierra hay diversidad de clases, si arrojamos de nuestro lado al procaz, al desvergonzado ¿Qué será aquel conglomerado inevitable, aquel hacimiento forzoso de todos los detritus de la tierra?

c) Ver con la vista imaginativa los tormentos de los réprobos. “Allí los perezosos serán punzados con aguijones ardientes y los golosos serán atormentados con gravísima hambre y sed. Allí, los lujuriosos y amadores de deleites serán rociados con ardiente pez y hediondo azufre, los envidiosos aullarán de dolor como perros rabiosos; allí todos los soberbios estarán llenos de confusión y los avarientos estarán oprimidos con miserable necesidad. (P. Kempis. Imitación de Cristo 1-24).

d) Ver con la vista de la imaginación a los atormentadores de los réprobos: Los demonios, serpientes, escorpiones, bestias infernales, horribles monstruos que llenarán de miedo y de pavor. Y en medio de ellos Satanás, el homicida desde el principio, el ángel del mal, el dragón, la serpiente antigua, el caudillo de todos los enemigos “en aquel campo grande de Babilonia, así como asentado en su cátedra de fuego y humo en figura horrible y espantosa”.

SEGUNDO PUNTO

“El segundo, escuchar con los oídos llantos, alaridos, voces, blasfemias, contra Cristo nuestro Señor y contra sus santos”.

 a) Escuchar con los oídos el llanto. ¡Ay de vosotros los que ahora reís -dice el Señor- porque lloraréis (Luc., 6-25). El infierno es la región del llanto (Mt., 24-51). Allí en todos los ojos hay lágrimas (Mt., 24-30). Oír los estremecimientos de los músculos, la convulsiones, el crujir de dientes, los sollozos entrecortados de aquel llanto estéril que nunca se ha de acabar.

¿Qué tiene que ver las lágrimas del moribundo, del huérfano, de la viuda, comparadas con aquella viudez, orfandad, muerte y llanto sempiterno (que durará siempre, que nunca tendrá fin).

b) “Escuchar con los oídos los alaridos”, alaridos horribles: “Maldito sea el padre que me engendró, maldita sea la madre que me concibió, maldito sea el maestro que me educó, maldito sea el libro que me corrompió, maldito sea el cómplice que me sedujo, maldita sea mi muerte, maldito sea el día de mi nacimiento. “¡Montes, aplastadme! ¡Collados sepultadme!”.

Tales serán los gritos, tales los alaridos de los réprobos, al compás de la llamas y al horrible tronar de la ira del Omnipotente.

  1. c) Escuchar voces con los oídos.

Los réprobos -dice el libro de la Sabiduría- se turbarán con temor horrible, y se admirarán de la salvación inesperada de los justos y dirán entre sí arrepentidos y gimiendo repetidamente en la angustia de su alma: éstos son los que tuvimos en otro tiempo en irrisión y a semejanza de improperio. Insensatos de nosotros; juzgamos su vida insana y su fin sin honor y he aquí que han sido asignados entre los hijos de Dios y ha sido tenida su muerte entre los santos. Luego nos hemos equivocado en el camino de la verdad y la luz de la justicia no amaneció y el sol de la justicia no amaneció para nosotros. Nos abandonamos en la vida de la iniquidad, nos perdimos en las sendas escabrosas, ignoramos los caminos del Señor. ¿Qué nos aprovechó la soberbia? ¿Qué la jactancia de las riquezas? Pasó todo ello como sombra, cómo posta veloz, como nave que surja las fluctuantes ondas sin dejar señal de su carrera, como ave que corta el viento al batir de sus alas sin dejar vestigio de su vuelo, como saeta que corta el horizonte sin dejar señal de su camino, así nosotros vivimos y morimos sin poder mostrar ninguna virtud y nos consumimos en nuestra maldad”.

  1. d) Escuchar con nuestro oídos blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra sus santos.

La blasfemia es el pecado eterno, el pecado del infierno. En el infierno no se oirá la blanda lisonja, la voluptuosa música, el amoroso discreteo, el volcar de los dados, el burbujear de los vinos, el crujir de las sedas, los desplantes de la escena, las palmas, los vítores, las carcajadas; nada de esto se oirá en el infierno, sino que se escucharán eternamente maldiciones, juramentos, las más horribles blasfemias contra lo más santo y más sagrado del cielo y de la tierra, los ángeles, los santos, los sacramentos, la Virgen Santísima, Jesucristo nuestro Señor”. ¡Señor! ¡Bendito sea vuestro santo nombre, bendito sea vuestro sacratísimo corazón, bendito sea el Sacramento del altar, bendita sea vuestra Madre Inmaculada, bendito sea su castísimo esposo San José, benditos sean vuestro ángeles y santos!”.

Al sentir del alma cristiana, la horrible blasfemia es la pena más espantosa del infierno. San Francisco de Sales, temeroso de su condenación en una crisis mortal, presa su alma de pavor, postrado de hinojos al pie del altar, protestaba así en un arrebato de su generoso corazón: “¡Señor! ¡Sí fuese así, si hubiera de condenarme, al menos concédeme que no blasfeme en el infierno vuestro santo nombre!”. Y San Ignacio, en un libro que dejó escrito de su puño y letra, se expresa así, de manera semejante: “En el día trigésimo me vino un pensamiento de lo que sentiría si Dios me pusiese en el infierno y se me presentaban dos partes: la una, la pena que padecería allí; la otra, cómo su nombre se blasfemaba allí. Acerca de la primera no podía sentir ni haber pena y se me planteaba verme más molesto en oír blasfemar su santo nombre. (Rivadeneira, Vida de San Ignacio, libro quinto, cap. II). Por esto San Ignacio relega al último lugar, como pena la más horrible del infierno, oír blasfemias contra Cristo nuestro Señor y contra todos sus santos.

TERCER PUNTO

El tercero, oler con el olfato, humo, sentina, piedra, vapores putrefactos.

Esta pena del infierno la encarece repetidamente la Escritura. Su combustible, dice el profeta Isaías (Isaías., 30-33), la leña y el fuego, el soplo de Dios como torrente de azufre la enciende”. Y el Apocalipsis: “La herencia de los cobardes, incrédulos, condenados y malditos, homicidas, deshonestos, idólatras, mentirosos, el estanque ardiente de fuego y humo, que es la segunda muerte (Apoc., 21-8). Y en otra parte: Y abrió el ángel el pozo del abismo y subió el humo como el humo de un ingente pozo y oscureció el sol y el aire con su humareda. (Apoc., 9-12). Pozo, horno, infierno, tales son los nombres que en la Escritura se atribuye al infierno.

CUARTO PUNTO

El cuarto, es experimentar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y verme la conciencia.

La Escritura dice que acosará a los réprobos un hambre canina (Ps., 58-11), que se devorarán sus carnes en el arrebato de su frenesí (Isaías., 9-20), que pedirán al cielo una gota de agua y no les será concedida (Luc., 16-24), sino hiel de dragones y veneno de áspides (Deu., 32-33), y fuego y azufre y el soplo de la tormenta (Ps., 10-7). ¿Qué tiene que ver la sed de Israel, moribundo en el ardiente desierto, comparada con la sed de Epulón, abrasado entre las llamas? (Luc., 16-14). ¿Qué tiene que ver el hambre espantosa de Samaría (4 Reg., 6-28), comparada con el hambre sempiterno del infierno (que durará siempre y que nunca tendrá fin).

Pero San Ignacio aplica el sentido del gusto más bien que a percibir el hambre y la sed materiales a gustar la amargura de las lágrimas, las hieles de la tristeza, los resquemores de mirarse la conciencia.

a) Gustar -dice- con el gusto cosas amargas, así como lágrimas. Sí, al decir del Salmista, fueron el pan de su sustento, hasta saciarse, las lágrimas que derramaban noche y día de sus ojos, (Ps., 41-4) y la bebida que bebió en abundancia las venas de su llanto (Ps., 79-6). cuánto más numerosas y amargas no serán las lágrimas del condenado, mezcla de la ira del Señor y amargo cáliz que han de apurar hasta las heces todos los pecadores (Ps., 74-9)

b) Gustar con el gusto tristeza.

Pequé y nada triste me ha sucedido (Eccli., 5-4) protesta en la tierra el pecador, más en el infierno su gozo se convertirá en tristeza y gemirá como Antíoco en la agonía de su corazón: “Infeliz de mi, que males me he atraído, que tribulación me ha rodeado, antes era glorioso en mi realeza, ahora me acuerdo de los pecados que cometí en Jerusalén: el despojo de su templo, el exterminio de sus moradores; por eso han venido sobre mi tantos males y he aquí que muero de tristeza en tierra ajena”. (I Mach., 6, 11-13). Y el réprobo rugirá y se consternará con gran clamor y llorará como Esaú, despojado de la bendición paterna, con amargo llanto. (Gen 27, 34-38). La tristeza es el sentimiento del mal presente, y el condenado gustará de un sorbo toda la amargura presentísima eterna, irremediable de la maldición divina y el espíritu de tristeza resecará todos sus huesos.

c) Gustar al ver la conciencia, que les roerá eternamente el corazón a los condenados con estos o parecidos remordimientos: “Te condenaste porque quisiste” (Oseas., 13-9). “Te llamó el Señor y le rechazaste” (Prov., 1-24). “Me bastaba un pequeño sacrificio” (2 Cor., 4-17). “Ya me lo dijo mi padre”, “ya me lo anunció mi confesor”, “tu mal no tiene remedio” (resp. Lect. VII. Ofic. Def.), “tu pena no tiene término” (Mat., 25-41). Invocarán a los justos y los justos estarán con gran constancia contra sus atormentadores (Sap. 5-1), buscarán el descanso y huirá el sueño de sus ojos (Mat., 6-10), desearán la muerte y no escucharán sus clamores (Apoc., 9,6). Aquí en la tierra el criminal va prófugo como Caín (Gen4-14), evita la soledad, teme habérselas cara a cara consigo y con su pecado; el deporte, el tráfico, la diversión y la embriaguez adormecen o matan sus remordimientos, pero en el infierno no habrá medicamento que alivie el dolor, ni bálsamo, ni narcótico, ni la misma muerte, sino el fuego que nunca se apaga y el gusano que nunca se muere.

PUNTO QUINTO

El quinto, tocar con el tacto como los fuegos tocan y abrasan las almas.

Palpemos aquella hoguera de la ira divina, aquel lecho de fuego que mis pecados me tienen prevenido sino me convierto al llamamiento del Señor.

En el infierno hay fuego, horno de fuego, hoguera de fuego (Mat., 5-22), fuego inextinguible (Mat., 3-10), estanque ardiente, lago de azufre (Apoc. 21-8), fuego devorador (Is., 37-14), ardores sempiternos (Is., 37-14), llamas encendidas (Luc, 16-24), tales y parecidas son las expresiones, cuarenta o cincuenta veces repetidas en las Escrituras. En el Infierno hay fuego, no metafórico, sino real, no espiritual, sino material, según así lo revela la sencilla enunciación de los textos tantas veces repetidos en la Escritura (Mescheler. Meditaciones infierno 2.). Y así lo confirman la unánime interpretación de la totalidad de los Padres. (Cf. Beraza. De infierno, Art. 4º).

En el infierno hay fuego: fuego en los ojos, fuego en los oídos, fuego en las venas, fuego en los huesos, fuego en las arterias, fuego en las entrañas, fuego en el corazón, fuego en las mismas almas; fuego que ya no atormenta al alma por el cuerpo, sino que atormenta a las mismas almas y para atormentar al espíritu fue preparado. En el infierno hay fuego que lo enciende la ira de Dios, que atormenta desigualmente a los réprobos según la gravedad de sus pecados; fuego no extinguible, sino inextinguible, no temporal, sino eterno, no regalo de los cuerpos, sino castigo de las almas; fuego que sin matar abrasa, sin consumir quema, sin alumbrar arde y envuelve a los condenados en opacas tinieblas y noche sempiterna. (Beraza. De infierno. art. 4º, nº 1.163).

Santa Teresa, que fue arrebatada en espíritu al infierno dice así:

“El caso es que no sé cómo encarezca aquel ruego interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No vi yo a quién los daba; más me sentía quemar y desmenuzar (a lo que me parece) y digo aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando en tal pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse ni echarse, ni hay lugar, porque las paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas y todo ahoga; no hay luz sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, con que de no haber luz, lo que a la vista puede dar pena todo se ve. No es nada oírlo decir ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos, ni que los demonios atenacen, ni otros diferentes tormentos que he leído; no es nada con esta pena porque es otra cosa. En fin, como del dibujo a la verdad, y el quemarse es muy poco en comparación con este fuego de allá. Y quedé tan espantada y aún lo estoy ahora escribiéndolo, con que casi hace seis años; y es así, que me parece el calor natural me falta de temor. Y así torno a decir, que fue una de las grandes mercedes que Dios me ha hecho”. (Obras de Santa Teresa, I, cap. 32).

Que el Señor me haga a mi también esta merced, que me conceda un sentimiento interno de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, por lo menos el temor de las penas me ayude a no caer en pecado. Así sea.

“Coloquio”.- Haciendo un coloquio con Jesucristo nuestro Señor, traer a la memoria a las almas que están en el infierno, unas porque no creyeron en las obligaciones que tenían con Dios, otras creyendo no       obraron según sus mandamientos, haciendo tres partes: primera parte: La primera antes del endeudamiento; la segunda en su vida; la tercera después de su vida en este mundo;  y con esto darle gracias, porque no me ha dejado caer en ninguna de éstas acabando mi vida. Asimismo como hasta ahora siempre ha tenido de mi tanta piedad y misericordia, acabando con un Pater noster”.

Haciendo un coloquio con Jesucristo nuestro Señor, que de Creador ha venido a hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal y así a morir por mis pecados, e imaginándole delante y puesto en cruz, para cerrar con sus interpuestos brazos, la puerta del abismo, abierta para tragarme, “traer a la memoria las almas que están en el infierno“, por sus pecados, por un solo pecado, por menos pecados que yo he hecho.

Unas porque no creyeron en el advenimiento, otras porque, creyendo no obraron según sus mandamientos. Aquí San Ignacio, defensor de la gloria divina, contra la pseudo-reforma de Lutero, hace una profesión solemne de su fe ortodoxa. Confiesa, en primer lugar, que la fe es necesaria para salvarse (“Sine fide impossibile est placere Deo”. (Hebr., II-6). “Unas porque no creyeron en el advenimiento” ; pero la fe ignaciana y salvadora no es la fe protestante de Lutero, sino la fe actuosa, informada por la caridad (Job., 12-17). Y no se contenta San Ignacio con esta solemne protesta de la fe católica, tan necesaria en aquellos tiempos, sino que la ordena toda ella a despertar en el alma la virtud de la esperanza y encender sobre todo en el corazón la más ardiente caridad. Y así, otra vez vuelve a traer a la memoria a las almas que están en el infierno haciendo tres partes. La primera antes del advenimiento, en aquellos aciagos tiempos, en que el riesgo de perdición era grandísimo, dónde al decir de la Escritura, toda carne había corrompido su camino (Gen., 6-12).

La segunda, en su vida. Cuando el paganismo había llegado al colmo de la infidelidad y el judaísmo al extremos de la relajación, hasta sentarse en la cátedra de Moisés, los escribas y fariseos, sepulcros blanqueados, engendros de víboras, hijos del diablo.

La tercera después de su vida en este mundo. En el mediodía de la fe de Jesucristo, en el glorioso reinado de su amor. ¿Y por qué clasifica San Ignacio, en esta triple serie, toda la muchedumbre de los condenados? Es porque la primera serie es menos culpable que la segunda, y la segunda menos culpable que la tercera. Es porque San Ignacio quiere despertar en nuestros corazones la más sincera gratitud y reconocimiento.

“Y con esto darle gracias porque no me ha dejado caer en ninguna de estas, acabando mi vida; así mismo, como hasta ahora, siempre ha tenido de mi tanta piedad y misericordia; acabar con una Pater noster”.

Y es así, después de haber admirado la muchedumbre de los condenados, después de haber contemplado el lecho de fuego que he merecido, después de haber adorado las llagas del Redentor, que me ha liberado, ¿Qué queda sino cantar al borde mismo del abismo el himno de la liberación, el solemne “Te Deum” de agradecimiento? San Ignacio acaba la meditación con la plegaria del Hijo: Pater noster, Padre nuestro.

Aquí es de admirar el arte de la blandura de San Ignacio que, en expresión de la Escritura, “de la piedra exprime miel y óleo del peñasco durísimo” (Deut., 32-13). Así el Santo, al exponer tan terribles verdades, no abruma al alma, ni ahoga el corazón, sino que suscita el reconocimiento y despierta la amorosa gratitud y así del abismo de las llamas eterna, nos eleva suavemente a la contrición perfecta y a la más acendrada caridad.

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