Primer ejercicio

La primera semana comienza con el ejercicio de los tres pecados, porque la consideración del fin del hombre, como el mismo título lo indica, más que parte integrante de la primera semana constituye el principio y fundamento común de todos los ejercicios.

Los ejercicios, “poco más o menos se acabarán en treinta días”. Y esos treinta días los distribuía San Ignacio en cuatro semanas, que tampoco se han de entender exactamente, sino que se pueden prolongar o abreviar conforme el aprovechamiento del ejercitante.

La primera semana se reduce “a la consideración y contemplación de los pecados”. A la consideración porque se hace un estudio detallado de las causas, efectos, naturaleza, consecuencias del pecado. A la contemplación, porque no se limita el Santo a que el ejercitante considere en abstracto en los demás, sino que quiere que vea y sienta y palpe en si mismo toda la falsedad intrínseca, toda “la llaga y postema de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan torpísima”.

El fin de la primera semana no es tan solo la detestación y el aborrecimiento de nuestras culpas, sino la exterminación, cuando esté de nuestra parte, de las mismas raíces de los pecados, que son aficiones desordenadas; por eso San Ignacio comienza con la consideración de los pecados ajenos, continúa con enumeración de los pecados propios y “para que si del amor de Dios me olvidare por mis faltas a lo menos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado“, termina con el quinto y último ejercicio de la meditación del infierno. Y no contento el Santo con esta parte, por decirlo así, negativa de detestación y aborrecimiento; con las adiciones y reglas, los modos de orar, la práctica de los exámenes, dispone positivamente al ejercitante a exterminar de su alma las raíces mismas de los pecados, que son las aficiones desordenadas. De ahí la gran importancia de esta primera semana, que nunca debe omitirse aunque se repitiesen los ejercicios. Todo ello puede resumirse en este breve razonamiento: “Para alcanzar el fin, es menester servir a Dios; para servir a Dios es necesario evitar el pecado; para evitar el pecado, hay que combatir las aficiones desordenadas.

PRIMER EJERCICIO

Es meditación con las tres potencias sobre el primer, segundo y tercer pecado; contiene en sí después de una oración preparatoria dos preámbulos, tres puntos principales y un coloquio”

“Oración: la oración preparatoria es pedir gracia a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas al servicio y alabanza de su divina majestad”. (San Ignacio).

“La oración preparatoria es pedir gracia”. Toda dádiva buena y todo don perfecto es de arriba desciende del Padre de las luces, sin la gracia divina no podemos nada ¿Y cuál es la gracia que pedimos? Que todas las intenciones de nuestra mente, las acciones de nuestro cuerpo, las operaciones de nuestra alma, durante la hora entera de oración, sean dirigidas a servicio y alabanza de su divina majestad.

“Primer preámbulo.- El primer preámbulo es composición viendo el lugar. Aquí es de notar que en la contemplación o meditación visible, así como contemplar a Cristo nuestro Señor, el cual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo, así como un templo o monte dónde se halla Jesucristo o Nuestra Señora según lo que quiero contemplar. En la insufrible, como es aquí de los pecados, la contemplación será ver con la vista imaginativa y considerar mi alma encarcelada en este cuerpo corruptible y todo el compuesto en este valle, como desterrado entre brutos animales; digo este compuesto de alma y cuerpo.” (San Ignacio).

La composición de lugar, en la meditación de cosas visibles, la suministra la misma realidad. En la meditación de las cosas invisibles hay que procurarla. ¡Y con qué verdad y realismo inimitable la describe San Ignacio! El fondo de la escena prevaricadora es la cárcel; la cárcel del alma que es el cuerpo; la cárcel del alma y el cuerpo que son las penas y las amarguras y peligros y seducciones, y asechanzas, que como brutos animales rodean con inminente riesgo de eterna perdición.

“Segundo preámbulo.- El segundo es pedir a Dios nuestro Señor lo que quiero y deseo. La petición ha de ser la materia propiamente dicha, es decir: si la contemplación es de resurrección, es pedir gozo con Cristo gozoso; si es de pasión, es pedir penas, lágrimas y tormento con Cristo atormentado. Aquí será pedir vergüenza y confusión de mi mismo viendo cuántos han sido dañados por un solo pecado mortal y cuántas veces yo merecía ser condenado para siempre por mis tantos pecados”. (San Ignacio).

Así como el comienzo de todo pecado es la soberbia, así el comienzo de la conversión es la humildad. Y nada más eficaz para humillarnos, que considerarnos postergados por nuestras culpas a los pies de los condenados y de los mismos demonios, las más viles y abyectas de todas las criaturas.

Antes de entrar en la meditación del pecado conviene preguntar: Y ¿Qué cosa es el pecado? El pecado es el desorden del fin. Lo que sería desbordarse el mar, apagarse el sol, exorbitarse el firmamento; eso y mucho más es el pecado, único mal, desobediencia divina, muerte del alma, ofensa a Dios. Y porque el pecado ciega al pecador y no le deja ver sus propios pecados, San Ignacio le presenta primeramente los pecados ajenos:

El pecado en el cielo.

El pecado en el paraíso.

El pecado en la tierra.

Que son los tres puntos de este primer ejercicio.

PUNTO PRIMERO

El pecado en el cielo

“El primer punto será traer a la memoria sobre el primer pecado que fue de los ángeles y luego sobre el mismo entendimiento discurriendo. Luego la voluntad, queriendo rememorar y entender todo esto por más que me avergüence y confunda haciendo la comparación del pecado de los ángeles con tantos de mis pecados; y donde ellos por un pecado fueron al infierno, cuántas veces yo por tantos lo he merecido. Digo traer a la memoria el pecado de los ángeles, cómo siendo creados en gracia no queriendo ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Creador y Señor, llenos de soberbia, fueron convertidos de gracia a malicia y lanzados del cielo al infierno; y así consecuentemente discurrir más en particular con el entendimiento y lograr mover más los afectos con la voluntad”. (San Ignacio).

“Traer en memoria el pecado de los ángeles”.

  1. a) La naturaleza de los ángeles.- El Señor creo a los ángeles, en gracia, inmunes a la materia, imagen del Creador, primicia de sus manos; la inteligencia clarísima, la voluntad muy recta, el poder ingente, la ligereza suma, el número sin número, la variedad maravillosa, al decir de Santo Tomás, específica, la morada del cielo su destino la bienaventuranza.

Pero entre la muchedumbre infinita de los ángeles hubo un ángel más bello que los otros ángeles, más clara su inteligencia, más ardiente su voluntad, más blanca su veste, más hermosa su faz, más encumbrado su trono más refulgente su corona. Los demás ángeles le obedecían, le admiraban, le amaban. Era, al decir de los teólogos, el primero o uno de los primeros de los ángeles del cielo. Se decía su nombre Lucifer porque descollaba entre los ángeles por su hermosura, como descuella el lucero entre los ángeles del cielo.

  1. b) La caída de los ángeles.- “No queriendo ayudarse con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Creador y Señor”. El Señor, que dio a los ángeles gratuitamente la naturaleza y les sobreañadió la gracia, no quiso sin ningún merecimiento de ellos prodigarles la gloria, sino que dispuso paga de su trabajo, premio del mérito, corona de justicia. Por eso les dotó a los ángeles de una regia prerrogativa, que si no es la soberanía misma, hace a los soberanos; si no es la misma bienaventuranza, constituye a los bienaventurados; esta prerrogativa regia, aunque terrible, mágica seducción de los mortales, se llama libertad. El Señor a los ángeles, lo mismo que a los hombres, los creó absolutamente libres. “Pudieron desde el principio obedecer o no obedecer, cooperar o no cooperar, alcanzar la gloria o merecer el castigo”. (Eccles. 15-14.).

Por tantas gracias y prerrogativas exigió el Señor a los ángeles su libérrimo homenaje y sumisión. Al oírlo Luzbel, deslumbrado por su hermosura, se rebeló contra su Creador, ya fuera por lujuria espiritual o desordenado egoísmo, envidia de los hombres o desobediencia de Jesucristo, insensata aspiración de alcanzar por sus solas fuerzas la sobrenatural bienaventuranza o apetito satánico de igualarse con el Todopoderoso, cualquier otro que fuese el defecto de su pecado, que en esto no coinciden los teólogos, “no queriendo ayudar con su libertad a hacer reverencia y obediencia a su Creador y Señor, transformándose en soberbia”, como es la opinión de los Padres y de los teólogos, “fueron convertidos de gracia a malicia”.

  1. c) El castigo de los ángeles. “Y lanzados del cielo al infierno”.

Luzbel se deslumbró por su hermosura, se desvaneció por su soberbia y se rebeló contra el Todopoderoso. Y protestó “non serviam“, no me da la gana, en la presencia de los ángeles del cielo. Y su ejemplo y persuasión indujo a la rebeldía a la tercera parte de las estrellas del cielo. (Apoc. 12-4).

“Et factum est proelium magnun in coelo” (Apoc. 12-7). Y se hizo en el cielo una gran guerra. San Miguel y sus ángeles lucharon con el dragón y sus ángeles rebeldes. “Y no prevalecieron”. Como al fulgor del rayo sucede el súbito fragor del sordo trueno, así en el instante, Luzbel y sus ángeles fueron precipitados al infierno. “Neque locus inventus est eorum amplius in coelo”. (Apoc. 12-8).

¡Cómo caíste Lucifer, que alboreabas a la mañana!, exclama el Profeta. (“Quomodo cecidisti Lucifer qui mane oriebaris” Isaías, 14-12). Decías en tu soberbia: “escalaré los cielos, transpondré las nubes, me sentaré en el trono del Señor”. Y he aquí que has sido precipitado al abismo de los infiernos. “Videban Satanam sicut fulgor de coelo cadentem” (Luc. 10 -18). Admira el mundo la caída de los imperios, se maravilla la tierra de la ruina de las naciones, y qué tiene que ver la caída de los hombres comparada con la caída de los ángeles.

¡Cómo caíste Lucifer, que alboreabas a la mañana! Tu veste se manchó, tu inteligencia se oscureció, tu albedrío se desordenó, se conmovió tu trono, se quebró tu corona, tu cielo se tornó infierno, tu gracia, desgracia sempiterna. Y este castigo justísimo te impuso el Señor cuya misericordia sobre exalta su justicia, sobreexcede sobre la muchedumbre de sus obras “Superexaltet autem misericordia judicium” (Jac. 11-13). “Et miserationes ejus super omnia opera ejus” (Ps. 144-9).

  1. d)Tal es la naturaleza y la caída y el castigo de los ángeles; apliquémonos este ejemplo: “trayendo en comparación un pecado de los ángeles, tantos pecados míos, donde ellos por un pecado fueron al infierno, cuantas veces yo lo he merecido por tantos”. Comparemos naturaleza con naturaleza, su caída con la nuestra, su castigo con nuestro castigo. Cierto que los ángeles son superiores a los hombres en el orden de la naturaleza, espíritus puros, inmunes de mortalidad, exentos de la corrupción de la materia; pero se equiparan los hombres y los ángeles en el orden de la gracia, hijos ambos de Dios, consortes de la divina naturaleza, herederos de la gloria; más aún, se someten los hombres a los ángeles en Jesucristo, que es cabeza de los hombres y de los ángeles; en la Virgen María que es Reina de los ángeles y madre de Dios.

Sí tal es la angélica naturaleza comparada con la nuestra, veamos su caída comparada con nuestra caída. “El ángel pecó una vez, yo pequé muchas veces; el ángel pecó sin precedente castigo, yo pequé después del castigo de los ángeles; el ángel peco contra su Creador, yo pequé contra mi Redentor; el ángel perseveró en el pecado; reprobado por la divina justicia, yo persevero pecando perseguido por la divina misericordia; el ángel pecó contra Dios que lo redimió; el ángel pecó contra Dios que no le redimió, yo pequé contra Dios que murió por rescatarme”.

Sí tal es su caída comparada con la nuestra, comparemos lo que es más estupendo, su castigo comparado con nuestro castigo. El castigo de los ángeles fue inmediato, el mío diferido. El castigo de los ángeles fue forzoso, el mío voluntario. El castigo de los ángeles fue justo, el mío misericordioso. El castigo de los ángeles fue sin perdón, el mío perdonado. El castigo de los ángeles fue sin rescate, el mío expiado en el Calvario.

El Señor dejó a las noventa y nueve ovejas en el cielo y vino en busca de la oveja ingrata, que en la tierra se le había descarriado. El Señor no tuvo compasión de las más perfectas creaturas y, como se compadece la madre de su hijo pequeñuelo, se compadeció de la más imperfecta de las intelectuales creaturas. ¡Oh, Señor que mis pecados son más graves que el pecado de los ángeles! ¡Oh, Señor que mis pecados son más numerosos que el pecado de los demonios! Qué soy más réprobo que todos los réprobos, más demonio que todos los demonios, que merecía estar en os infiernos, a los pies del mismo Satanás; que no merezco perdón alguno a no ser por la muchedumbre de vuestra misericordia; pero esto mismo oprime más mi corazón y aumenta más mi vergüenza y confusión. Padre, pequé contra el cielo y contra Ti, no merezco llamarme hijo vuestro. Por vuestra bondad inmensa, por vuestra misericordia infinita, a mí me pesa, pésame Señor de todo corazón de haberos ofendido; antes mil veces morir que volver a pecar. Así sea.

PUNTO SEGUNDO

El pecado en el paraíso

“El segundo: es decir, traer las tres potencias sobre el pecado de Adán y Eva, recordando como por tal pecado hicieron tanto tiempo penitencia y cuanta corrupción cayó sobre el género humano y tanta gente se fue al infierno. Digo recordar el segundo pecado de nuestros padres; el cómo Adán fue creado en el campo damasceno y puesto en el paraíso terrenal y Eva ser creada de su costilla, habiéndoles prohibido que comiesen del árbol de la ciencia y ellos comiendo y así mismo pecando, y después vestidos con túnicas pellíceas y después expulsados del paraíso, tuvieron que vivir sin la justicia original que habían perdido. Pasaron toda su vida con mucho trabajo y mucha penitencia, y consecuentemente discurrir con el entendimiento más particularmente usando la voluntad, como está dicho.” (San Ignacio).

Consideramos semejante:

  1. La condición de los primeros padres
  2. Su caída
  3. Su castigo

 

  1. La condición de los primeros padres.

El Señor, creo los cielos y la tierra, los montes y los valles, los ríos y los mares, después de acabar la fábrica de nuestra morada hizo consejo y por unánime acuerdo de las tres personas divinas decretaron la creación del hombre. “Faciamus homine ad imagen et similitudem nostra”.  “Ad imaginem Dei creavit illum” (Gen II -27). ¡Qué hermosura la de los primeros padres! ¿Qué serenidad en sus ojos! ¡Qué alegría en su frente! ¡Qué señorío de sus pasiones! ¿Qué dominio de todas sus creaturas! El lobo no había aguzado sus dientes, ni el león acerado sus garras, ni el áspid preparado su veneno, ni había afilado la muerte su guadaña vengadora.

Su morada era el paraíso, edén de delicias en cuyos prados alzaba sus ramos el árbol de la vida que le brindaba frutos de inmortalidad.

Su conversación era con los ángeles y con Dios, cuya conversación “escuchaba al aura después del mediodía”. (Gen 3-8).

Su destino era la bienaventuranza. ¡Qué cosa es el hombre -exclama el salmista- que te acuerdas de él y el hijo del hombre que así lo enalteces! Le disminuiste poco menos que a los ángeles, le coronaste de gloria y de honor y le constituiste sobre las obras de tus manos” (Ps. 8.5). Tal fue la condición de nuestros primeros padres; veamos ahora su caída.

  1. b) Su caída

La serpiente, dice la Escritura, era el animal más astuto entre todos los animales de la tierra. (Gn. 3-1) y como viera a la mujer que vagaba solitaria en derredor del paraíso, se llegó a su encuentro y le dijo: ¿Por qué no coméis del árbol de la ciencia? La mujer le respondió: De todos los árboles del paraíso comemos, pero del árbol de la ciencia nos lo prohibió el Señor, no sea que muramos”. “No temas, le replicó la serpiente, no moriréis, todo lo contrario seréis como dioses”. Reparó la mujer que el fruto era seductor a los ojos y gustoso al paladar y alargó su mano y comió y le ofreció a su esposo que también comió. Y Adán y Eva pecaron.

Pecado de desobediencia. El Señor les había ordenado: “De los demás frutos del paraíso, comed. Del árbol del bien y del mal no comáis, porque cualquier día que de él comiereis moriréis. (Gen. II-17).

Pecado de soberbia. El demonio les había ordenado: “No temáis, no moriréis seréis como dioses, sabréis el bien y el mal”. (Gen III, 4-5).

Pecado de sensualidad. Eva había reparado que el fruto era seductor a los ojos y dulce al paladar. (Gen. III-6).

Pecado de origen. Fuente y raíz de muerte y de todo pecado. “Per unum hominem pecatum intravit in mundun et per pecatum mors”. (Rom. V-12).

Tal fue la condición de nuestros primeros padres, semejante al pecado, veamos ahora su castigo.

  1. Su castigo

Oyeron Adán y Eva la voz del Señor en el paraíso y se escondieron (Gen. 3-8). Y llamó al hombre y se excusó la mujer; y requirió a la mujer y se excusó con la serpiente. Y maldijo Dios a la serpiente y la condenó a arrastrarse por la tierra y humillarse a los pies de la mujer; y maldijo Dios a la mujer, y la obligó a someterse al hombre y a los dolores de su alumbramiento; y maldijo al hombre y le condenó a comer el pan con su sudor y amasarlo con sus lágrimas; y maldijo a los animales, que afilaron sus uñas y sus dientes y segregaron su veneno; y maldijo Dios a la tierra, que brotó sus cardos y sus espinas y arideció a sus arenales.; y maldijo Dios al cielo, que forjó los vengadores rayos y desencadenó las tormentas, y maldijo Dios a la humanidad entera y la despojó en el orden divino de la gracia y la justicia; en el orden moral, de la integridad y la sumisión al apetito; en el orden físico, de la impasibilidad y la inmortalidad. Y así la maldición de Dios despojó a la humanidad de los dones gratuitos y la vulneró en los naturales con cinco mortales heridas: la ignorancia, la malicia, la concupiscencia, la debilidad y la muerte. Tal fue el castigo del primer pecado, en el cuerpo, en el alma, en el cielo, en la tierra, en los primeros padres y en toda la posteridad.

Comparemos ahora de una manera semejante la condición de nuestros primeros padres con nuestra condición, su pecado con nuestro pecado, su castigo con nuestro castigo.

Cierto que nuestros primeros padres fueron creados en gracia, embriagados en deleites, adornados de inmortalidad; mientras que nosotros nacemos en pecado, vivimos en destierro, morimos con dolor; pero como dice el Apóstol, “donde abundó el delito, sobreabundó la gracia”. (Rom. 5-20). Si los primeros padres fueron creados en gracia, nosotros somos regenerados en el bautismo. Si los primeros padres fueron adornados con el don de la integridad, nosotros somos reintegrados en la pasión de Jesucristo. Si los primeros padres fueron alimentados con el árbol de la vida, nosotros nos alimentamos con el sacramento del altar; si los primeros padres vivieron una vida de deleites, nosotros moramos en el paraíso de la Iglesia, a la sombra de la Cruz en el regazo del Salvador. ¡Oh feliz culpa que nos mereció tan gran redentor!

Si comparamos su caída con nuestra caída, el pecado de Adán fue uno, el mío múltiple; el pecado de Adán, sin precedente castigo, el mío con la certidumbre del infierno; el pecado de Adán, anterior a la redención de Cristo, el mío pisoteando su sangre redentora; el pecado de Adán llorado, el mío quizá reído; el pecado de Adán, expiado novecientos años, el mío repetido sin ningún remordimiento; los primeros padres se levantarán en juicio contra sus hijos porque ellos faltaron y se dolieron, mientras nosotros caemos y recaemos, pecamos y reincidimos en nuestro pecado.

Comparemos finalmente su castigo con nuestro castigo. Pecó Adán y se avergonzó, peco yo y no me avergüenzo de mi pecado; pecó Adán y fue castigado, peco yo y nada sucede (Eccles. 5-4); pecó Adán y fue maldecido, peco yo y soy perdonado; pecó Adán y fue arrojado del paraíso, peco yo y se me franquea la misericordia del Señor.

“¡Misericordia domini quia non sumus consumpti!”. Grande es, Señor, tu omnipotencia, grande es tu justicia, grande tu sabiduría, pero más grande son tus misericordias. No desprecies Señor la obra de tus manos (Ps.137-8). Mucho más grandes, muchos más numerosos son mis pecados que el pecado de Adán, “memento mei”; no me apartes, Señor, de Ti; no me cierres las puertas del paraíso, como las cerraste a Adán, antes escóndeme en la llaga de tu costado, franquéame el pan de los ángeles, para que te alabe con tus ángeles, por los siglos de los siglos. Amén.

PUNTO TERCERO

El pecado en la tierra

“El tercero: Así mismo hacer otro tanto sobre el pecado particular de cada uno, que por un pecado mortal se va al infierno y otros muchos sin cuento por menos pecados que yo he hecho. Digo hacer lo mismo sobre el tercer pecado particular recordando la gravedad y malicia del pecado contra su Creador y Señor; discurrir con el entendimiento como el pecar y hacer algo en contra de la bondad divina, justamente ha sido condenado para siempre y  acabar con la voluntad de actuar bien, como está dicho. (San Ignacio).

Hemos considerado el pecado en el cielo y el paraíso, vamos a considerarlo ahora en la tierra: “El tercero: Así mismo hacer otro tanto sobre el pecado particular de cada uno, que por un pecado mortal se va al infierno”.

Haremos la división lo mismo que en los puntos anteriores y consideraremos:

a) La condición de esta alma

b) Su caída

c) el castigo inmediato

a) Es un alma buena, santa, fervorosa, si se quiere prudente como Salomón, sabia como Orígenes, obradora de milagros como Judas. ¡Cuántas virtudes cultivó! ¡Cuántas victorias consiguió! ¡Cuántos merecimientos granjeó! Mortificó las pasiones, profesó la oración, frecuentó los sacramentos, conservó muchos años de inocencia. Un momento antes que el Señor la llamara hubiera merecido la gloria, gozado la lumbre inaccesible, alabado eternamente con los ángeles la divina misericordia. Tal es la condición de esta alma. Consideremos ahora su caída.

b) Es un pecado de seducción, de escándalo, de fragilidad; un pensamiento, un deseo, no más, tal vez cometido durante la adolescencia, quizás en la vehemencia de la pasión, acaso después de violentas luchas muchas veces superadas. ¡Qué pena! ¡Qué infortunio! Es el primer pecado, es el único pecado voluntario, de pensamiento. Y era un alma inocente, era un ángel. Es el pecado del cielo en la tierra, es el pecado del paraíso en el destierro. Tal es la caída, consideremos el castigo.

c) El castigo inmediato.

Señor, detened vuestra ira, diferid vuestra justicia. Qué es el primer pecado, qué es un solo pecado; que fue un arrebato, que hará penitencia, que os ha costado vuestra sangre. Dejadle un poco antes de relegarle a la región tenebrosa y envuelta en la oscuridad de la muerte. No, nos reclaméis milagros; es tarde, ya llega el esposo;  no hay remisión; el árbol a cualquier parte que cayere allí permanecerá.

Castigo justo: “Justo es el Señor y justos son sus juicios” (Tobías 3-2). “En sus manos estuvo el bien y el mal, la vida y la muerte, lo que quiso y lo que le fue dado” (Eccl. 15-18).

Castigo eterno: “Id malditos al fuego eterno”. Y este castigo no es abstracto e imposible. La incertidumbre de la muerte es cierta, su subitaneidad frecuente. La sagrada escritura nos encarece muchas veces: “El hijo del hombre vendrá a la hora que menos lo penséis” (Luc., 12-40.); como ladrón nocturno, así vendrá el Señor. (2 Pet. 3-10). “A media noche” en el profundo sueño, “se escuchará la voz del esposo” (Mat. 25-6); pero si alguien, admitida la realidad del caso, negara su frecuencia, no la tratamos de probar, San Ignacio se abstiene de afirmarla, pero si asevera el Santo categóricamente que otros muchos sin cuento, “por menos pecados de los que yo he hecho, se han condenado”. Este sí que no es caso abstracto ni infrecuente, sino concreto y realísimo, como lo conocemos y revelamos sin duda en nuestro corazón: cuántos, “por menos pecados de los que yo he hecho se han condenado”.

1) Comparemos su condición con la nuestra. Recibieron quizás menos gracia y fueron menos más agradecidos; alcanzaron menos auxilios y fueron más perseverantes; prevaricaron menos, fueron más acreedores de la divina misericordia. Y parecen clamarnos aquella temerosa sentencia del Señor: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Hay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que se han obrado en vosotros, hace tiempo que en cilicio y ceniza hubieran hecho penitencia; por tato os digo que Tiro y Sidón serán en el juicio menos rigurosamente castigados”. “Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas acaso levantarte hasta el cielo? Serás, sí, abatida hasta el infierno, porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en tí se han obrado, Sodoma subsistiría todavía; por eso te digo: Sodoma será tratada con menos rigor que tú en el día del castigo”. (Mat. 11-21). Tal fue su condición comparada con la nuestra.

2) Comparemos su caída con nuestra caída. Ellos pecaron una vez, yo muchas; ellos en la adolescencia, yo en la madurez; ellos por fragilidad, yo por malicia; ellos seducidos, yo seduciendo; ellos por apasionamiento, yo por premeditación; ellos contra un solo precepto, yo quizás contra todos los mandamientos.

3) Y si a tanta desigualdad de la culpa se añade la misericordiosa desproporción del castigo, no podemos menos de confundirnos de sonrojo y de vergüenza. Ellos castigados, yo impune; ellos vengados, yo favorecido; ellos perdidos, yo salvado; ellos malditos, yo bendecido; ellos en lo profundo del infierno y yo camino de la gloria. ¡Ah! Si a un condenado le sustrajera el Señor de las llamas del infierno, ¿Qué gratitud no le tendría? Y qué, ¿no es mayor beneficio sustraer a un condenado del infierno, que impedir a un pecador que caiga en lo profundo de sus llamas? Y yo soy pecador, yo el siervo del demonio, yo el marcado con el símbolo de la bestia, yo tiznado con las llamas del infierno.

¡Al pecador! ¡Al réprobo! ¡Al del infierno! Claman las potestades infernales, y susurran quizás a mis oídos mil crímenes ocultos y vergonzosos, que la pluma se niega a expresar y la lengua a balbucir. ¡Y los ángeles fueron reprobados! ¡Y los primeros padres castigados! ¡Y el reo de uno de menos pecados, condenado! ¡Y yo perdonado! ¡Yo impune! ¡Camino de salvación! ¡Qué vergüenza! ¡Qué sonrojo! ¡Qué confusión! ¿Y cuál es la causa de la desigualdad? ¿Cuál es la causa de tal misericordiosa desproporción? Cristo, Cristo es la causa que se interpuso en la misma boca del infierno que ya iba a tragarme; con su frente augusta dolorida, sus manos divinas clavadas, sus pies benditos llagados, sus carnes surcadas, su costado abierto y con voz imperiosa conminó a las potestades del infierno y les dijo: ¡No, a ese no, a ese no! Yo cargo con sus iniquidades, yo respondo por sus pecados, yo satisfago su castigo con mi castigo; yo rescato su muerte con mi muerte. ¡No, a ese no! Y me arrancó con mano fuerte de las garras del demonio y me salvó para siempre de las llamas del infierno.

  1. d) Coloquio.

¡Oh Señor! ¿Cómo de Creador habéis venido a haceros criatura? ¿Cómo de vida eterna os habéis a abajado a morir por mis pecados?  ¿Qué os movió a compadeceros de los hombres cuando no tuvisteis misericordia de los ángeles? ¿Qué os indujo a compadeceros de mi, la más ruín e ingrata criatura, cuando tantas menos ruines e ingratas que yo se condenaron para siempre? ¡Oh, bondad inmensa! ¡Oh, misericordia infinita! ¡Cómo me sonroja la muchedumbre de mis ingratitudes! ¡Cómo me abruma la deuda de mis pecados! Pero no me escondo de vuestra presencia, como los primeros padres en el paraíso; no excuso mis iniquidades, como excusaron ellos su pecado: antes, viéndoos tal y así enclavado en la cruz, mirando a mí mismo me confundo, y me avergüenzo de lo “que he hecho por Cristo”: pecados, injusticias, ingratitudes, iniquidades sin cuento; me confundo más y me avergüenzo de lo que hago por Cristo: descuidos, negligencias, abandono en las adicciones, frialdad en mis propósitos. Y esta vergüenza y confusión de lo presente y lo pasado me induce a ser cauto y generoso en el futuro. ¿Qué debo hacer por Cristo?

Este primer coloquio, si se puede decir así, es como el principio y fundamento de todos los coloquios, porque lo suponen todos ellos y no son otra cosa más que su desarrollo y perfección. El coloquio de esta meditación es el coloquio de esta primera semana.

El coloquio del reino de Cristo, que es el coloquio de la segunda semana, “que deben responder los buenos súbditos a un rey tan liberal y tan humano”,  no es otra cosa que el desarrollo de este primer coloquio. Y San Ignacio no expresa el coloquio de la tercera semana; parece bastante insinuarlo en el sexto punto del primer ejercicio. “6º considerar como padece todo esto por mis pecados y que debo hacer yo y padecer por él”. Y finalmente el coloquio de la cuarta semana, llave de oro y corona de todos los coloquios, es la eflorescencia de este primer coloquio, “considerar con mucha razón y justicia lo que yo debo ofrecer y dar a su divina majestad, es decir todas mis cosas y a mí mismo en ellas”. San Ignacio se ha expresado en este primer coloquio como el  prudente orador que oculta con precauciones oratorias hasta el epílogo lo que se propuso en el comienzo, que no era otra cosa que la oblación omnímoda y generosa de nuestro ser y todas nuestras cosas hecha a la divina majestad en ferviente y filial correspondencia al exceso infinito de su amor.

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