Principio y Fundamento III: La indiferencia

“Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido”

Al someter a examen la disposición de mi alma en el uso de las criaturas, encuentro que hay criaturas a las que siento afición aunque me apartan del fin y hay criaturas a las que siento aversión, aunque me conducen al fin, y finalmente hay criaturas de cuya conducencia o disconducencia al fin no me consta. ¿Cómo me libraré de prejuicios y afectos y aversiones que me dificultan el recto uso de las criaturas? A eso responde San Ignacio con una regla única y muy eficaz.

Como de la simple noción de fin y la razón de medio dedujo el Santo con lógica consecuencia “que el hombre tanto ha de usar de las creaturas cuando le ayuden para su fin”, así de la obligación de obtener el fin y la necesidad de procurar los medios adecuados con relación al fin deduce la consecuencia práctica: “Es menester hacernos independientes a todas las cosas creadas”, solamente deseando y eligiendo lo que más nos conviene para el fin “al que somos creados.”

Esta consecuencia constituye la tercera y última parte del principio y fundamento y de la presente meditación, que tendrá tres puntos:

                        1º. Naturaleza de la indiferencia

                        2º. Extensión de la indiferencia

                        3º. Motivos para alcanzar la indiferencia

Punto Primero:

Naturaleza de la indiferencia”

  1. a) La indiferencia significa, etimológicamente, negación de diferencia, y esta negación de diferencia en el uso de todo lo creado se funda en la misma naturaleza de las criaturas, que -como dicen los filósofos- en sí mismas son adiáforas, es decir, que no son conducentes ni inconducentes al fin. Y así, si me preguntase que conviene más a la salvación: salud o enfermedad, honra o deshonra, riqueza o pobreza, de proceder sensatamente tendría que contestar: no lo sé; Dios lo sabe. Pues si las criaturas en sí mismas son indiferentes, la disposición de mi ánimo en relación de las criaturas tiene que ser también indiferente. Como el médico y el artista se muestran indiferentes en el uso de los medicamentos o de los colores, en todo lo que no se refiere al fin conocido de la pintura o de la sanidad.

Esta indiferencia tan fácil de entender es difícil de practicar. Y así lo supone San Ignacio cuando dice: “Es necesario hacernos indiferentes, lo que incluye lucha y resolución”.

Y para que prevengamos prejuicios y no juzguemos que en los ejercicios se nos reclaman imposibles conviene distinguir una doble indiferencia: indiferencia de voluntad e indiferencia de sensibilidad. La primera es la disposición de la voluntad de no inclinarse en el uso de las criaturas, sino solamente por su conducencia al bien. La segunda es la exclusión de todo afecto sensible contrario a dicha disposición. La primera indiferencia es sustancial, la segunda es accidental; la primera es siempre asequible, la segunda, algunas veces no nos es dado conseguirla.

De esta noción de indiferencia, se deduce:

  1. b) Que la indiferencia ignaciana no es estúpida, sino racional; es una necesaria consecuencia del fin del hombre y el fin de las criaturas. Que la indiferencia ignaciana no es inhumana, sino muy humana; es la sumisión plena del apetito a la razón y de la razón a Dios. Que la indiferencia ignaciana no es estoica, sino cristiana; no es la resolución de no dárselo todo por nada, sino la disposición de darlo todo por Dios.

Que la indiferencia ignaciana no es apática sino entusiasta; es la actividad de los santos, el heroísmo sobrenatural de los mártires. Que la indiferencia ignaciana no excluye la oración entusiasta, sino que en la oración espera, en la oración se funda y sin la indiferencia no hay oración ardiente. Que la indiferencia ignaciana no cercena nuestro vuelo, no mata nuestras iniciativas, sino que, al contrario, orienta nuestro rumbo, sacude el polvo de nuestras alas para volar a Dios. Que la indiferencia ignaciana es finalmente del todo divina: es el niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (Mt, 16, 24); es la renuncia de las criaturas, requisito indispensable para alcanzar la gloria de contarse entre los discípulos del Señor (Luc. 14-33). es el tema asiduo y la ferviente súplica del divino Agonizante de Getsemaní, que repetía: “Padre, todas las cosas te son posibles; si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. (Marc. 14.36).

  1. c) La indiferencia es la piedra angular de la fábrica ignaciana. Sin la indiferencia es mejor interrumpir los ejercicios, como es mejor interrumpir el edificio que proseguir sin cimientos. La indiferencia es el fundamento práctico de todos los ejercicios; el principio, porque incluye al menos implícitamente el cumplimiento de la voluntad divina, fin de todos los ejercicios; el fundamento porque en la indiferencia se basan todos los restantes ejercicios.

La indiferencia, y conviene notarlo, no es un requerimiento positivo de la voluntad divina, que esto sería prematuro,  sino más bien una disposición negativa que consiste en desarraigar de nuestro corazón los afectos terrenales para constituir por único fundamento de todas nuestras acciones el fin para que fuimos creados.

Punto Segundo:

Extensión de la indiferencia

“En tal manera no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza ni pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás”

La indiferencia ignaciana se extiende tanto cuanto se extienden los límites de nuestra libertad, y así dice San Ignacio: “Por lo cual es menester hacernos indiferentes en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro albedrío”, y no reconoce más límites que la divina prohibición, y así añade el santo: “y no le está prohibido”; porque ante el desorden no cabe indiferencia alguna, sino positiva aversión. Pero en esta tan limitada visión de la indiferencia, San Ignacio enumera los extremos comunes y más dificultosos, porque vencida la dificultad mayor, la pequeña dificultad queda vencida. Y para procurar cuando esté de nuestra parte este difícil vencimiento, vamos a ponderar brevemente los términos de la enumeración ignaciana:

“En tal manera no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza ni pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás”.

  1. “En tal manera no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad”.

La naturaleza apetece la salud y repugna la enfermedad y esto tan vehementemente, que aunque parezca en abstracto hacernos indiferentes a la salud y a la enfermedad, al venir a las inmediatas la razón protesta y soporta con pesadumbre las molestias de la enfermedad. Y esto, no obstante, es menester hacernos indiferentes, porque sí es verdad que con la salud y fuerzas corporales muchos santos se santificaron; pero otros muchos que quizás con la salud se hubieran perdido, obtuvieron con la enfermedad del cuerpo la salud del alma. Es decir, que salud y enfermedad son puros medios, y en los medios no hay que atender más que la conducencia al fin; por consiguiente, es menester aceptar unánimemente, no sólo la salud, sino la enfermedad, “como gracias recibida de la mano de nuestro Creador y Señor, pues no es menos que la sanidad”. (Sum. de las Const., regla 50).

  1. “En tal manera no queramos de nuestra parte más riqueza ni pobreza”.

¿Quién no desea ser rico? Todos, naturalmente, repugnamos la pobreza, y por eso, aunque nos parezca haberla logrado en afecto, nos convierte a todos, según la medida de la santa discreción, a sus tiempos, sentir afecto a ella, (Sum. regla 24). no sea que en la realidad nos engañamos lamentablemente. Es verdad también, que ha habido santos que con sus limosnas y larguezas se han santificado; pero otros muchos, en legión, se han santificado con el sufrimiento de la pobreza; por consiguiente riqueza y pobreza son puros medios y es menester hacernos indiferentes. Y esa indiferencia es muy importante, no solamente porque al decir de San Ignacio la codicia de riquezas es la primera red que nos tiende al alma el enemigo (Banderas, punto 3º.), sino porque su afición dificulta de gran manera la recta elección de estado, fin principal de todos los ejercicios.

  1. “En tal manera no queramos de nuestra parte más… honor que deshonor”.

Esta indiferencia, en todos los tiempos, y más en aquella caballeresca edad y ánimo generoso de San Ignacio, importa mayor vencimiento que el sacrificio de la salud y la renuncia de las riquezas. Pero también honor y deshonor son puros medios. Reyes famosos ha habido y guerreros celebrados que han ceñido a sus augustas sienes la doble diadema de la santidad y la realeza; pero la innumerable de los seguidores de Cristo, la pléyade de los apóstoles, el ejército de los mártires, en la humillación y en la deshonra labraron sus coronas. Es decir, que el honor y el deshonor son puros medios, y, por consiguiente,

Es también necesario hacernos indiferentes, y esta indiferencia es muy capital, no solamente por el gran mérito de su vencimiento, sino porque el amor desordenado de la honra es el principio de toda prevaricación. (Initium omnis peccati est superbia: El principio de todo pecado es la soberbia). (Excli, 10-15).

  1. “En tal manera no queramos de nuestra parte más… vida larga que corta”.

El amor desordenado de la vida engendra la muerte. “Quim amat animan suam perdet eam” (Joan 10-17), “Quien ame su vida la perderá”. Y el desprecio de la muerte es vida sobreabundante en el acatamiento del Señor.

La longevidad de la vida es beneficio concedido por Dios a los patriarcas, que vieron la recompensa de sus virtudes en los hijos de sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación. (Tobías 9-11).

La brevedad de la vida, al decir del sabio, es también beneficio del Señor concedido a los ángeles de la tierra, para que la malicia no empañe la flor de su pureza. Por consiguiente es necesario hacernos indiferentes a los dos extremos, y “como en la vida toda, así también en la muerte, y mucho más, debe cada uno y procurar que Dios nuestro Señor sea en el glorificado”.

San Ignacio enumera sólo los extremos más comunes y dificultosos; los demás los remite a la consideración del ejercitante. El examen práctico general de la indiferencia tendría que ser muy prolijo. “El todo lo demás” de San Ignacio, el Padre Roothaan, los concreta así: “Son materia de esta indiferencia: los talentos y dones naturales, pocos o muchos; los dones sobrenaturales, consolaciones o desolaciones; la condición o estado de nuestra vida; la casa, el oficio, la ocupación; los compañeros, su carácter, su comportamiento; los acontecimientos prósperos o adversos, no solamente propios, sino ajenos, principalmente de nuestros allegados; su fortuna, sus vicisitudes, su misma vida; y no tan sólo los asuntos privados, sino también los públicos, gratos o ingratos, todo esto y mucho más entra dentro de la indiferencia.

Pongamos la mano en el pecho y examinemos que repugnancias hemos de vencer, que aficiones tenemos que modificar. Y aunque la imaginación exagere las dificultades y las pasiones resistan el imperio de la voluntad, la indiferencia no reconoce límites; es menester hacernos indiferentes y para alcanzarlo más que la tenacidad de nuestros propósitos y la nobleza de nuestra voluntad, hemos de confiar en la gracias del Señor.

De rodillas delante del crucifijo por aquella su agonía del huerto de Getsemaní, en que sacrificó el Señor su honra, salud y vida por nuestra salvación, hemos de suplicarle que nos haga indiferentes con su gracia a todos los sacrificios, para cumplir solamente su santísima voluntad.

Punto Tercero

Necesidad de la indiferencia

  1. a) La necesidad de la indiferencia se deduce lógicamente de los principios anteriores.

Dios es mi fin, las criaturas son los medios; ahora bien, cuando falto a la indiferencia me aficiono a las criaturas, pongo mi fin en los medios; por consiguiente la indiferencia es necesaria para ordenarme de una manera directa hacia el fin.

A esta necesidad lógica hay que añadir otra necesidad moral. La ley de los miembros, o sea la afición, me cautiva en el pecado; la ley de la razón o lo que es lo mismo, la indiferencia, me ordena a Dios; por tanto, la indiferencia me es necesaria para librarme del pecado y servir a Dios.

Y es así que si examinamos el proceso de nuestras culpas, la iniciación de todas ellas comienza en la falta de indiferencia. ¡Cuántos se perdieron por la sórdida codicia, cuántos se condenaron por su desenfrenada ambición; cuántos por un adarme de ciencia se desvanecieron; cuántos por locos amores se extraviaron! Por eso el enemigo pone todo su conato en destruir el sillar de la indiferencia, porque perseverar en este fundamento inconmovible asegura al alma la eterna salvación.

A esta necesidad genérica y común de cristiana indiferencia, consecuencia necesaria de los principio anteriores, hay que añadir otra especial y característica que no se deduce de las premisas ignacianas, pero que es una consecuencia tan obvio y eminentemente práctico, que constituye con razón el remate y fundamento y las síntesis y compendio de los ejercicios espirituales. Este corolario lo enuncia San Ignacio con estas palabras: “Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados”.

Este sencillo corolario y práctica consecuencia constituye el fin de todos los ejercicios, y sin el fundamento es preferible no seguir adelante “en materia de elección ni de algunos otros ejercicios, que estén fuera de la primera semana”.

  1. b) Es necesaria.- Esta doctrina práctica de la mayor conducencia es necesaria para la realización perfecta del “tanto cuanto ignaciano”, se proclama la mayor conducencia en orden al fin, práctica que seguimos en todos los negocios de la tierra.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria, si no para procurar, al menos para asegurar prudentemente la salvación.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria para la elección de estado que versa entre extremos lícitos y concedidos, más perfectos o menos perfectos.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria en la reforma de la vida, que no sólo evita el mal, sino practica el bien; no sólo elige la vida común, sino profesa la santidad.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria en la lección de estado de perfección que incluye aspiración a más perfecta virtud, y es necesaria en la perfección de todos los estados, que no puede alcanzarse sin elegir lo que más nos conduce al fin para que fuimos creados.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria para obtener, no tan sólo la indiferencia sustancial de la voluntad, sino la misma resignación del apetito, que, constreñido siempre y constantemente en la más perfecta obediencia en todas las cosas, acaba de rendirse a las normas de la razón y se somete al imperio de la voluntad.

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria para el aprovechamiento espiritual de los ejercicios, que reclama “caballeros sin miedo y sin tacha”, “grande liberalidad”, “proceder contra la carne”, “oposición diametral”, señalarse en todo servicio de su Rey eterno y Señor universal”, “ánimo generoso que excluye la tibieza y el bienminorismo y proclama por principio y norma de todas sus empresas: la mayor gloria de Dios” .

Esta doctrina de la mayor conducencia es necesaria más que nunca en estos nuevos tiempos en que tanto se escribe y dictamina sobre las aberraciones éticas y crisis de la voluntad; tiempos malhadados en que la fiebre de la sensualidad, las máximas mundanas, el ambiente anticristiano han excitado de tal manera la fantasía y deprimido de tal modo los nervios, hasta constituir una enfermedad atávica y hereditaria, la abulia y la psicosis, enfermedad más del alma que del cuerpo, del todo desconocida en los tiempos medievales de guerreros duros y campeones esforzados, cuando el defensor de Pamplona y adalid de la nueva Compañía proclamaba como máxima fundamental la elección sistemática de los medios más conducentes para conseguir el fin para el que fuimos creados.

De aquí se deduce la grandísima perfección que San Ignacio nos exige. Antes de iniciarnos en el examen, ni iniciarnos en la oración, ni instruirnos con las reglas y adiciones, en el dintel mismo de los ejercicios, nos reclama el santo la perfecta indiferencia, la resolución generosa de solamente desear y elegir los medios conducentes para el fin que fuimos creados.

Y con esto damos termino al principio y fundamento, “sistema de verdades, perfectamente encadenadas, perfecto resumen de la ciencia natural y cristiana, respuesta cabal sobre el destino del hombre y toda la creación, que, en muy breves proposiciones, nos revela el misterio de la creación, la armonía de todos los seres en el plan divino; plan que en un rango breve y compendioso traza San Pablo cuando dice: “Omnia enim vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei” (I, Cor, 3-22.): “Todas las cosas son suyas, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios”. (I, Corazón, 3-22.).

Libros recomendados