Principio y Fundamento II

“Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la consecución del fin para el que fue creado” (San Ignacio)

 Hemos visto en la primera parte del principio y fundamento que el hombre vino de Dios y se dirige hacia Dios; pero el hombre no vive aislado sobre la tierra, sino que le rodean otras muchas criaturas, sin las cuales no puede vivir. Y después de investigar el propio origen y destino, podemos preguntar: ¿cuál es el origen y destino de las otras criaturas?

A esta pregunta responde San Ignacio: “Las otras cosas sobre la faz de la tierra,

            Primero: Son creadas para el hombre.

            Segundo: Para que le ayude en el logro del fin para el que fue creado.

            Tercero: De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan par su fin y tanto debe apartarse de ellas cuanto para  eso se lo impiden”

 

Punto Primero:

“Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas”

“Las otras cosas”, es decir no sólo las criaturas propiamente dichas, sino también sus circunstancias, vicisitudes, efectos, buenos y malos, favorables y adversos que Dios quiere o permite, y ordena siempre a los fines soberanos de su providencia.

Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas, es decir, son hechas por Dios de la nada. Así se comprueba fácilmente por la razón y la fe. Las criaturas más pequeñas llevan impresas en su pequeñez la huella del Creador. Y las criaturas más nobles, los montes, los mares, los cielos, predican con tal elocuencia a su Hacedor, que su desconocimiento sería inexcusable. (Rom I,-20).

Y esta verdad que nos enseña la razón, la confirma la Escritura: “En principio -dice el Génesis- creo Dios el cielo y la tierra. Y dijo Dios: Hágase la luz y la luz fue hecha… Y dijo Dios: Hágase el firmamento, y el firmamento fue… y dijo Dios: Háganse las luminarias, e hizo Dios las luminarias del cielo… y creó los grandes peces, y los animales y las aves… Y dijo: Hagamos al hombre, y creó Dios al hombre a su imagen y semejanza” (Gen, I 1-27). Así se comprueba con facilidad esta verdad ignaciana.

¿Y para qué fin han sido creadas las criaturas? A esto responde categóricamente San Ignacio: “Las criaturas han sido creadas para el hombre. Tal es el fin próximo que les fue impuesto por el Señor sobre la tierra”.

Basta sencillamente investigar la naturaleza y número de criaturas para convencernos de ello. ¿Para qué es el agua, sino para beber; el fuego, sino para quemar; y el sol, para iluminar; y la tierra para sostener; y el aire, para respirar; y los peces y las aves y así todos, para servir y obedecer, vestir y sustentar? Como el hombre es por sí nada, necesita muchas cosas: unas para su sustento; otras para su vestido; éstas, para su salud; aquellas, para su honesto esparcimiento.

Este testimonio constante de las criaturas lo confirman la razón y la fe.

La razón nos dice:

Dios no se pudo proponer en la creación otro fin que su gloria; ahora bien, las criaturas inferiores no le pueden por sí mismas glorificar, por ser inconscientes; luego o tienen razón de ser las criaturas inferiores o fueron destinadas a otras, soberanas y conscientes, por las cuales glorificarán a su Dios.

Esto mismo lo confirma la Escritura.

Dice el Génesis: “Después que el Todopoderosos levantó los montes, niveló los valles, arqueó los cielos, prodigó la vida; después de que acabó el palacio de nuestra morada, dijo así en su augusto consejo la Santísima Trinidad: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que “enseñoree” a las aves del cielo y a los peces del mar y a todos los vivientes que viven en la tierra; todo lo sometió bajo sus pies: los ganados y las fieras, las aves que vuelan en el cielo y los peces que bogan en los abismos de los mares”. (Ps. 8-8).

Según hemos probado, la razón y la fe nos acreditan que el hombre es el fin próximo de las criaturas; “finis qui”, dicen los filósofos; pero ¿cuál es el “finis qui”? Es decir, ¿para qué nos dio el Señor las criaturas?

¿Para qué nos dieron los frutos: para hartarnos? ¿Para qué nos dieron los vinos: para embriagarnos? ¿Para qué los placeres: para saciarnos? ¿Para qué el albedrío: para rebelarnos? No, las otras criaturas sobre la luz de la tierra son creadas para el hombre; para qué le ayuden en la consecución del fin para que es creado, que es el punto siguiente.

 Punto Segundo:

“Para que le ayuden en la consecución del fin para el que es creado”

 Esto es, alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Y a este mandamiento del Señor obedecen las maravillas de las criaturas, que nos predican:

1º. Qué son de Dios.

2º. Qué no son Dios.

3º. Qué son para Dios.

  1. a) Las criaturas nos están clamando que son de Dios.

 Que venga un botánico eminente. Que me haga, no ya un monte ni una selva, sino una amapola que flamea en los trigales; una margarita que fosforece en la espesura y me responderá que le exijo una insensatez.

Que venga un naturalista afamado. Que me haga no ya un monstruo marino ni un águila, sino un pequeño insecto que se pierde entre la grama, una mariposilla que se esconde en el cáliz de las flores. Me dirá que le exijo una insensatez.

Y este clamor de todas las criaturas, al decir del Apóstol Pablo, es tan elocuente, que su desconocimiento no se puede excusar. Es inexcusable el labrador que depende de los cielos y de la tierra, de las lluvias y de las nieves, si no reconoce a su Dios. Es inexcusable el navegante que se encomienda a una endeble tabla, juguete de los escollos y de los arrecifes, los mares y las tormentas, si no reconoce a su Dios. Es inexcusable el soldado que se expone al hierro y a la metralla, a la pugna manifiesta y la oculta emboscada, si no reconoce a su Dios. Y el astrónomo que contempla la inmensidad del cielo, y el naturalista que investiga los secretos de la vida, y el teólogo que estudia los misterios de la gracia. Sabios e ignorantes, doctos e indoctos, todos los pueblos y todas las razas y los hombres todos, al decir del Apóstol, son inexcusables, porque conocieron a las criaturas y no reconocieron a su Creador.

  1. b) Las creaturas claman que no son Dios.

 Las criaturas, con ser tantas y tan hermosas, no bastan para llenar el corazón. Codicia el deseo de una criatura y no se sosiega hasta alcanzarla; la alcanza y en vez de sosegarse, vuelve de nuevo a codiciar otra nueva criatura; y cuánto más alto se encumbra el hombre en la satisfacción de sus deseos, más distante se aleja el cielo de su felicidad. Y esto, que nos dicta a todos la experiencia, lo confirma la historia con múltiples ejemplos.

Abderramán III fue afortunado y el más célebre de los Califas cordobeses. Tuvo alcázares, placeres, riquezas y poderío; poseyó cuanto podía su deseo ambicionar, y, no obstante, al final de su vida hubo de confesar que, en los cincuenta años de su reinado tan sólo había disfrutado catorce días exentos de amargura. (La Fuente, T II. cap. 15).

Afortunado fue el más célebre de los conquistadores griegos, Alejandro, reconocido en la historia con el dictado de Magno, por la grandeza de sus triunfos. Regresaba el emperador victorioso de una de sus múltiples conquistas, y se allegó a él un sabio y le dijo: “Emperador, sabed que en el cielo existen muchedumbres innumerables de mundos habitados que nunca podréis conquistar”. Y al oírlo aquel guerrero, “en cuya presencia enmudeció la tierra”, rompió a llorar como un niño, al considerar la efímera pequeñez de sus conquistas. (Plutarco de Queronea. Vidas paralelas).

Y el príncipe más sabio, más rico y más glorioso de la tierra, Salomón, el magnífico, mecenas de las artes y prodigio de las ciencias, en la fortuna, en la gloria, en las ciencias tan sólo encontró vanidad y aflicción de espíritu: “Vanitas, vanitatum et omnia vanitas”.

Estos ejemplos innumerables y vulgares de la historia, que podrían multiplicarse sin término, nos prueban que las criaturas, con ser tantas y tan hermosas, no bastan para colmar el corazón, es decir: ellas no son  Dios.

c) Las criaturas nos claman que son para Dios.

  1. Con los ejemplos que nos dan. ¡Qué puntual madrugada el sol a la mañana, qué obediente resbala el río por su cauce, que sumiso refluye el mar en la ribera, qué fielmente los astros respetan a sus órbitas, y los días siguen a las noches, y las estaciones suceden a las estaciones! ¡Qué concierto, qué concordia, qué unánimes y universal ejemplo de obediencia de todas las criaturas!
  2. Las criaturas claman que son para Dios con los servicios que nos prestan. El sol nos alumbra, el aire nos conforta, la brisa nos refresca, la oveja nos riza su vellón, la abeja nos brinda su panal, el gusano nos teje sus capullos, la vid nos alarga sus racimos, los jilgueros nos cantan, las flores nos perfuman, el caballo nos sostiene, la yunta nos arrastra, y las criaturas unas nos visten, otras nos sustentan, éstas nos sirven de medicina, aquellas de solaz y esparcimiento, y todas ellas nos prestan servidumbre y nos rinden pleitesía.
  3. Las criaturas claman que son para Dios con los pensamientos que nos suscitan. ¿No habéis tenido en el corazón una paz dulce, inefable, en el silencio de la noche oscura? ¿No habéis aspirado el aliento del creador en la frígida brisa de los mares? ¿No habéis escuchado trepidar el carro del Todopoderoso en el horrísono sonar del ronco trueno?

Así las criaturas cumplen con el mandamiento que les impuso el Señor. “Las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la consecución del fin para el que es creado.”

A estos tres aspectos de las criaturas ha de corresponder el hombre de tres maneras:

  1. Con la contemplación. Elevándose de la bondad, de la hermosura, variedad de las criaturas, a la bondad, hermosura   omnipotencia infinita del Creador.
  2. En el ejercicio. Usando rectamente de las criaturas, según sus necesidades, conveniencias y honesto deleite y esparcimiento.
  3. Con la abstinencia de la criaturas vedadas y la moderación en el uso de las permitidas, absteniéndose de las criaturas que le apartan de su fin.

Punto Tercero:

“De donde se deduce que el hombre tanto ha de usar de ellas en cuánto le ayudan para su fin, y tanto debe apartarse de ellas en cuánto a ello le impiden”

Si Dios es el fin y las criaturas son medios, la consecuencia es obvia: tanto ha de usar el hombre de las criaturas cuanto le conducen al fin. Así lo exige la noción misma de medio y fin. Fin es el bien que se ama por sí mismo. Medio es aquello que nos conduce al fin. De la razón de medio es no amarse en sí y por sí, sino solamente en su condición al fin.

Esta verdad conviene que la conserve muy adentro en mi corazón. Mi fin, mi solo bien, mi único amor, es el servicio de Dios, la consecución de Dios, la gloria de Dios. Todo los demás que no sea Dios (honores, riquezas, salud, libertad, vida) son puro medio, no son amables en sí y por sí mismos, sino porque me conducen a Dios, solamente porque me conducen a Dios, y tanto cuanto me conducen a Dios.

Esta verdad natural la aplicamos constantemente en la práctica prudente de todos los negocios de la tierra. Me propongo pintar un cuadro: elijo entre los colores, no el color del cielo, ni el color de rosa, sino el color que me conduce al fin. Propongo recobrar mi salud: prefiero entre los medicamentos, no el jarabe dulce ni el brebaje tibio, sino el medicamento que me conduce al fin. Y este procedimiento habitual en los negocios de la tierra ¿No es el que debemos seguir en el negocio del cielo?

El afecto, la aversión no constituyen criterio en el uso de las criaturas, sino solamente la contundencia al fin. Hay criaturas muy atrayentes que me apartan del fin, y, por consiguiente, es menester desecharlas. Hay criaturas muy repugnantes que me conducen al fin, y, por consiguiente, es necesario abrazarlas. Y en las mismas criaturas lícitas su uso ha de ser moderado con relación al fin y tanto y cuanto conducen al fin.

Alrededor de este doble principio se desenvuelve todo el sistema de recta moral. Y de trastornar estos polos y constituir en fin los medios y las criaturas en Creador, se deriva toda aberración ética y todo desorden y pecado.

Esta regla ignaciana se entiende fácilmente, la dificultad está en su observancia. La soberbia humana unas veces se rebela contra Dios y protesta satánicamente: “non serviam”. La debilidad humana otras veces se rinde servilmente al embate de las pasiones y constituye prácticamente en la satisfacción del apetito la norma de su moralidad.

 Proceder insensato a):

Que desordena al hombre respecto a las criaturas.

El hombre no es hecho para las criaturas, sino las criaturas para el hombre. El hombre no es esclavo de las criaturas, sino rey de la creación. Ut praesis -dice la Escritura- non ut subsit”. “Eres, oh hombre, lo que amas -dice San Agustín- amas la tierra, eres tierra” ¿Que se diría de un caballero que, en vez de cabalgar en su corcel, sirviese a su corcel de cabalgadura? Tal es la imagen insensata del pecador que se rinde a la criatura. “Homo cum in honore esset no intellexit, asimilatus est jumentis insipentibus et similis factus est illis”.

Proceder insensato b):

Que desordena a las criaturas con respecto al hombre.

Las criaturas son para el uso, no para el abuso; para el orden, no para el desorden. Para la gloria divina, no para la ofensa del Señor. Por eso el hombre, al abusar de las criaturas las violenta, las desencaja, se hace reo de la misma criatura. Y este es pensamiento frecuentado de los santos. (S. Bonav. Sti,.div.am. parte 1ª, cap VII). Y el santo Duque de Gandía, “presa el alma de confusión y vergüenza, caminaba encogido y temeroso, y le parecía que las gentes le miraban, y se maravillaba como los obreros y menestrales no se le oponían al paso y le arrojaban los instrumentos de trabajo y le gritaban: ¡Al infierno, al infierno!” (Nieremberg, Vida de San Francisco de Borja, Lib iV, cap. I).

Proceder insensato c):

 Que desordena a la criatura con respecto al Creador.

Proceder insensato, fuente de todas las desdichas, si adoramos a  las criaturas, pues éstas no pueden ser más que lo que Dios las hizo:  efímeras, inconstantes, limitadas, imperfectas, incapaces de saciar la aspiración infinita de nuestra inteligencia y de apagar la sed de nuestro corazón.

 

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