Principio y Fundamento I

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente desenado y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados”. (San Ignacio Loyola)

Punto Primero:

“El hombre es creado”

 Al decir de la Escritura, el hombre es un peregrino que camina sobre la tierra. Lo primero que cabe determinar a un caminante es el punto de su partida y el término de su viaje. ¿Y cuál es el punto de mi partida? Retrocedo veinte, treinta, cuarenta años y los registros no acreditan mi nombre, la historia no refiere mis hechos, la memoria no evoca mis recuerdos; siento tan sólo, por todas partes, la inconsciencia y el vacío. ¿De dónde vengo? ¿De mí mismo? Si no era. ¿De dónde vengo? ¿Del acaso? Si no existe. ¿De dónde vengo? ¿De mis padres? Si no son capaces de añadir un solo cabello a mi cabeza. ¿De dónde vengo…?

Óyelo bien. San Ignacio te responde sin vacilar: de la nada: “El hombre es creado. Formó Dios al hombre del barro de la tierra e inspiró en su faz el espíritu de vida y fue hecho el hombre en ánima viviente. Gen, II, 7. Y lo que hizo Dios al principio lo hace constantemente y lo ha hecho también contigo. Formó tu cuerpo en el claustro materno, inspiró en tu faz el espíritu de vida y fuiste hecho hombre en ánima viviente. Tu cuerpo lo formó de barro, tu alma la creo de la nada. Ya conoces el punto de tu partida. Nada eres, nada eres y nada has de ser.

Nada eras: nada en el cuerpo y nada en el alma, nada en lo físico y nada en lo moral, nada en el arte y nada en la ciencia; nada. Menos que el polvo que se disipa en el aire, menos que el mundo que se desvanece en el viento, menos que el pequeño insecto que se pierde en el espacio. Nada eras, nada tenías, nada podías. Fue menester todo el poder de Dios para actuar tu absoluta impotencia; fue necesaria toda la omnipotencia divina para salvar el infinito abismo de tu nada. Nada eras, nada tenías, nada podías, piénsalo bien. Conócete a ti mismo, palpa tu pequeñez, ahonda en el abismo de tu nada. Este es el fundamento, el principio de toda santidad.

Nada eres: “El hombre es creado”. La creación es la producción de todo el ser. ¿Es tuyo, acaso, el vestido que te prestan? ¿Es tuya, acaso, la casa que te alquilan? ¿Y qué tienes tú que no hayas recibido? ¿Tienes ciencia? Es de Dios. ¿Tienes salud? Es de Dios. ¿Tienes hermosura? Es de Dios. ¿Tienes soberbia? Eso es tuyo. Gloríate más bien en tu nada, para que habite en ti la virtud del Señor.

Eras nada, eres nada y has de ser nada. La salud que tanto cuidas se quebrará. La riqueza que tanto codicias se pudrirá. La hermosura que tanto idolatras se afeará. Engaños, encantos,  ilusiones, tú misma alma te dejará en la muerte. “Pulvis es et in pulvis reverteris”. Tal es la condición de nuestra nada. El hombre es creado. Eras nada, eres nada y has de ser nada.

Ahondemos más en nuestra nada. “El hombre es creado”. La creación es la producción del mismo ser, del primer ser, de todo el ser; sin ningún ser presupuesto: de la pura nada. La creación es acción exclusiva de Dios, como los genios tienen producciones que solo ellos saben producir, así y mucho más el Creador se reserva una producción exclusiva a que la criatura, en opinión de los teólogos, ni instrumentalmente puede concurrir, tal es la acción creadora.

De esta doctrina de la creación se deduce el absoluto dominio del Creador y la omnímoda dependencia de la criatura.

Dios me dio el ser, por consiguiente, soy esencialmente de Dios.

Dios me dio el primer ser, por consiguiente, soy primeramente de Dios.

Dios me dio todo el ser, por consiguiente, soy totalmente de Dios.

Dios sólo me da el ser, por consiguiente, soy solamente de Dios.

Dios me da cada momento el ser, por consiguiente, soy incesantemente de Dios.

Dios me da siempre el ser, por consiguiente soy eternamente de Dios.

Dios es mi dueño esencial, primero, único, universal eterno, yo soy su siervo omnímodo, exclusivo, incondicional, absoluto, perpetuo.

¡Señor, que me conozca a mí y que te conozca a Ti! ¡Qué conozca mi pequeñez y que conozca tu grandeza! ¡Qué me hunda en el abismo de mi nada y me magnifique la grandeza de tu misericordia! He aquí el fundamento y principio de toda santidad. “Noverim me et noverim te. Natum fac mihi Domine finem meum.”

Punto Segundo:

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”

“EL HOMBRE ES CREADO”. Ya conocemos el principio, el punto de partida. ¿Y cuál es el fin, el término de nuestro viaje? ¿Es la vanidad que hincha, el placer que huye, el interés que mata, la criatura que muere? No, el fin del hombre es más noble, es el mismo Dios. “Yo soy -dice el Señor- el alfa y el omega, el primero y el novísimo, el principio y el fin”. (Apoc. 1-8, 21-6, 22-13).

Este principio se deduce obviamente del principio anterior: si Dios es el Señor y el hombre el siervo, el siervo es todo para el Señor.

Si Dios es el Señor esencial, primero, único, universal, eterno y el hombre omnímodo, incondicional, exclusivo, absoluto, perpetuo, por consiguiente, el hombre es perpetua, absoluta, exclusiva y omnímoda e incondicionalmente para Dios; así lo enseña la fe. “Universa propter semetipsum, operatus es Dominus”. Así lo confirma la experiencia. “Fecisti nos Domine ad te et inquietum est nostrum donec requiescat inte”. Así lo predice toda la creación que se asemeja en su infinito número y variedad a un arpa gigantesca, silenciosa y muda, que espera el ingente plectro del artista soberano para entonar un himno gigante al creador.

Esta doctrina ignaciana expone la filosofía de esta manera:

Dios, intrínsecamente muy glorioso, creó a todas las creaturas para la manifestación extrínseca de su gloria. Las creaturas, inconscientes, incapaces de conocimiento y amor, manifiestan la gloria de Dios objetivamente, mediante el hombre, fin próximo de su creación; el hombre, fin y remate de las creaturas, manifiesta la gloria del Señor, no tan solo objetiva y mediatamente por su misma naturaleza y perfección, como las creaturas, sino subjetiva y formalmente por sus actos intrínsecos del divino conocimiento y amor, fin inmediato de la creación del hombre sobre la tierra.

Esta glorificación divina, fin próximo del hombre sobre la tierra, tiene que ser total, de todo el hombre; del alma y del cuerpo, interior y exterior, de pensamiento, palabra y obra.

Este triple y total homenaje lo comprende San Ignacio con estas palabras: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor.

ALABAR es decir bien. Se dice bien del bienhechor y el sumo bienhechor es acreedor de suma alabanza. (Albar en sentido general, significa glorificar, y en este sentido es un concepto genérico, que comprende alabanza y servicio).

HACER REVERENCIA es rendir respeto y acatamiento; se acata y respeta al soberano, y el supremo soberano es acreedor a la suprema reverencia.

SERVIR: es obedecer. Se obedece al dueño, y al dueño absoluto y universal es debida absoluta y omnímoda obediencia, esto es a la adoración y culto, interior y exterior, privado y público.

Se alaba con los labios, se reverencia con el corazón y se sirve con las obras.

Alabar es fácil, reverenciar no es costoso, servir tiene gran dificultad. La servidumbre del Señor comprende la observancia de los mandamientos comunes, la fidelidad de las obligaciones particulares, la rectitud en la elección de estado, la reforma total de nuestra vida; y la más perfecta servidumbre no se contenta sólo con esto, sino que procura que las demás creaturas sirvan también al Señor y aspira con todas sus fuerzas a difundir por toda la tierra la mayor gloria de Dios. Esta total y perfecta servidumbre repugna al humano libre albedrío, inconstante por naturaleza, débil en la tentación, mal inclinado desde su primera caída; pero este triple y total homenaje es justísimo: al sumo bienhechor suma alabanza; al supremo soberano suprema reverencia, al dueño absoluto, absoluta servidumbre.

Este triple y total homenaje, aunque parezca paradoja, es enseñorear al hombre. Servir a Dios es emular a los ángeles. Servir a Dios es imitar al Salvador. Servir a Dios es reinar eternamente.

Este triple y total homenaje, aunque arezca paradoja, es facilísimo con la gracia del Señor. Quiere y observarás los mandamientos, quiere y cumplirás la voluntad divina, quiere y alabarás y reverenciaras y servirás a Dios nuestro Señor, quiere y obtendrás tu fin. Tu destino lo ha puesto Dios en tus manos. Ninguna cosa, ni el esfuerzo todo, te apartará de Dios como tú no lo quieras. Dios reclama tu voluntad que la ha hecho toda tuya. “Nada hay tan fácil a tu voluntad como tu voluntad misma” Sí quieres ser amigo de Dios, cuenta que ya eres su amigo.

Este triple y total homenaje de la creatura al Creador tiene muchas ventajas; nos obtiene en la vida el cielo de la tierra, que es la paz; en la muerte, el cielo de la bienaventurada que es la salvación; esto nos conduce de la mano al tercero y último punto de este ejercicio.

Punto Tercero:

“Y mediante esto salvar su alma”

  1. “Sí quieres entrar en la vida, guarda los mandamiento” (Mt.19-17). “Cuando hayas sido probado recibirás la corona de la vida” (Jac., 1-12). “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona eterna” (Apoc. II-10). “El que sigue la justicia encontrará la vida (Prov. 21-21). Los que me glorifican tendrán la vida eterna (Ecles. 24-31). “tenéis vuestro provecho en la santificación, vuestro fin es la vida eterna (Roma. 6-22). Y así, muchas veces, nos comprueba la escritura esta doctrina ignaciana: “Y mediante esto salvar tu alma”. La gloria de Dios se inicia con su servidumbre en la tierra y se culmina con la bienaventuranza en el cielo. El servicio del Señor en la tierra es el fin próximo, el gozo eterno en el cielo es el fin último. Es tanta la bondad de Dios que ha puesto su gloria en nuestra glorificación, nuestra glorificación es su gloria; que ha puesto su gloria extrínseca en nuestro gozo intrínseco y su cielo en nuestra bienaventuranza.
  2. ¿Y qué cosa es la salvación del alma? La salvación s lo primero en la intención y lo últimos en la ejecución. En la tierra el fin perseguido; en el cielo, el fin consumado. En la tierra y en el cielo y en la intención y en la ejecución, Dos y su gloria siempre y en todas las cosas.

¿Qué cosas es la salvación? La salvación es en el cuerpo es la ausencia de dolor, el apartamiento de la tristeza, el término del llanto, la inmunidad de la muerte, la exclusión de la enfermedad.

¿Qué cosas es la salvación? La salvación es el alma la liberación del pecado, la exención de peligro, la impunidad del castigo, la seguridad del premio, el gozo de la bienaventuranza.

¿Qué cosas es la salvación? La salvación es el entendimiento el descanso en el conocimiento de la verdad, en la voluntad la quietud en la posesión del bien.

¿Qué cosas es la salvación? La salvación es el hombre todo, el estado perfecto de la agregación de los bienes. La última perfección de la naturaleza intelectual, el sumo bien adecuadamente que llena del todo el apetito racional.

¿Qué cosas es la salvación? La salvación es mucho más. La salvación: “supera en la actual providencia todas las fuerzas y todas las exigencias de nuestra naturaleza”. La salvación es “vida eterna, corona de justicia, herencia del padre, descanso de los santos, gloria del cielo, mansión sempiterna, paraíso interminable, luz perpetua, cena de Dios, bodas del cordero, gozo del Señor, tesoro indeficiente, torre de delicias, hartura del alma, colmo del deseo, visión divina, dulcedumbre inenarrable”.

El ojo no vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre alcanzó lo que preparó el Señor a los que aman” (Cor 2-9). “¿Qué lengua podría expresar, ni que entendimiento alcanzar los inefables bienes de aquella ciudad soberana?” “Formar entre los coros de los ángeles, asistir con los espíritus bienaventurados al Creador de la gloria, ver a Dios cara a cara, contemplar la lumbre inextinguible, no temer la muerte, alegrarnos en la seguridad de la eterna incorrupción? 

El ánimo se inflama y quisiera engolfarse en aquella región bien sobrenatural donde le espera el gozo interminable; pero los grandes premios no se obtiene sino por los grandes trabajos, como egregiamente nos persuade el apóstol San Pablo: “Non coronabitur nisi qui legitime certaverit” “Te deleita la grandeza de la corona ¿No te amilane la magnitud de los trabajos? (San Gregorio, Papa, Homilía 37). Aunque, ¿Qué trabajos no serán leves y momentáneos comparados con la magnitud y grandes de la salvación eterna?

  1. Pregunta a los confesores por qué renunciaron las riquezas, desfloraron la ilusiones, troncharon las esperanzas, se cerraron en la flor de la juventud en las soledades del Ponto y la Tebaida, y te responderán unánimes que todo esto lo hicieron por salvar su alma.

Pregunta a las vírgenes por qué castigaron la carne, mortificaron los sentidos, huyeron de la ostentación, profesaron la castidad y te responderán unánimes que todo esto lo hicieron por salvar su alma.

Pregunta a los apóstoles por qué dejaron su casa, abandonaron su patria, transpusieron los mares, habitaron los montes, predicaron el evangelio a los negros y salvajes, y te responderán unánimes que todo esto lo hicieron por salvar su alma.

Pregunta a los mártires por qué despreciaron la vida, prodigaron la sangre, desafiaron las fieras, superaron la muerte y los tormentos, y te responderán unánimes que todo esto lo hicieron por salvar su alma.

Por salvar su alma, el eremita calla, el misionero predica, el doctor instruye, el mendicante pide, el lazarista estrecha entre los brazos al pestilente y al leproso.

La salvación del alma es en labios de Bernardo, el fiel, “a qué viniste” de su noviciado; en el alma de Gonzaga, el asiduo, ¿Qué es esto para la eternidad”. La salvación del alma es en el corazón de Kostka, el “no nací para lo temporal, sino para lo eterno”; en el endiosado pecho de Javier, el “qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo” clave de sus apostólicas empresas. La salvación del alma es, en fin, en todos los santos y en los cristianos todos, el motivo unánime y universal impulso de toda santidad.

“Salva animan tuam”. Salva tu alma. Si salvas tu alma lo salvaste todo. Si pierdes tu alma lo perdiste todo. La salvación del alma es tu negocio único en la tierra; la salvación del alma es tu fin único en el Cielo.

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