La importancia de tener clara la meta (2ª parte): Game over

En una entrada anterior reflexionábamos acerca del fracaso que supone vivir sin Dios, a partir de una parábola del Evangelio de san Lucas, y concluíamos, con san Ignacio, que este fracaso abarca diferentes dimensiones, como la física o de los sentidos. Otra de las dimensiones de este fracaso es la pena moral o pena de daño (que podríamos identificar como el remordimiento de Caín después de asesinar a su hermano Abel).

LA PENA DE DAÑO

La pena de daño, según los teólogos, es la peor de las penas del infierno. Es caer en la cuenta de que hemos perdido la partida definitivamente y sin esperanzas de volver a jugar. Es un GAME OVER total, porque hemos perdido a Dios, y con Él, hemos perdido los bienes de la gloria y la esperanza de la salvación. Sin Dios no hay salvación posible.

– PRIMER PUNTO:
La pena de daño es estar privado de Dios.

Si el Cielo es vivir en Dios (como el pez vive en el agua), la pena de daño del infierno es la vida sin Dios, fuera de Dios, al margen suyo. (Y sin agua, el pez se asfixia).

Vivir sin Dios es perder definitivamente toda posibilidad de conocerle y de amarle; es perder del horizonte de la existencia el Amor que le da sentido. Con otras palabras, la pena de daño es vivir eternamente lejos de Dios, eternamente en la prisión del pecado, como un pez siempre fuera del agua.

Si Dios es Amor (1Jn.4, 16), vivir sin Él es vivir en el odio;
Si Dios es Luz (Jn. 1, 5), vivir sin Él es vivir en la oscuridad;
Si Dios es Paz (Is. 9,6), vivir sin Él es vivir en la guerra;
Si Dios es la Belleza (Cant. 1-15), vivir sin Él es vivir en la fealdad;
Si Dios es la Vida (Jn. 1, 4), vivir sin Él es morir para siempre;
Si Dios es el Bien (Mt., 19,17), vivir si Él es el peor de los males.

– SEGUNDO PUNTO:

La pena de daño no sólo nos priva de Dios, sino que nos priva de los bienes de la gloria:

a) del Cielo.
b) de la amistad de los santos.
c) de la sabiduría beatífica.
d) de los dones sobrenaturales
e) de la resurrección en cuerpo glorioso


a) La pena de daño nos priva de la vida del Cielo, que es la felicidad plena. Dice san Juan en el Apocalipsis que en el Cielo están el Río y el Árbol de la Vida (Cf. Ap., 22, 1-6), donde todas las heridas serán sanadas, donde encontraremos la paz del alma y donde no habrá nada maldito. (También: Salmo 23 (Vulgata 22), “El Señor es mi Pastor”. El Señor nos conduce a praderas de hierba verde, hacia fuentes tranquilas, repara nuestras fuerzas… ¡Esa es la gloria del Cielo!).

Imaginemos el descanso de un atleta después de correr una maratón: es una expresión común decir “estoy en la gloria”. Pues la gloria del Cielo se parece a esta (pero infinitamente mayor): después de todos los sufrimientos, esfuerzos, contradicciones de la vida: el Gran Descanso.

…Y la pena de daño sería comparable a la enorme frustración de no poder descansar nunca de la dura maratón de la vida.

b) La pena de daño también nos priva de la amistad de los santos, de la Virgen y de Jesús porque, en definitiva, si hemos decidido dar la espalda al Padre, ¿cómo vamos a ser amigos de sus amigos? Cuando alguien ofende gravemente a nuestro mejor amigo –los santos son los amigos íntimos de Dios (Jn. 15, 15: “a vosotros os llamo amigos”)–, ¿no nos ofende también a nosotros? De la misma manera, al perder la amistad con Dios, automáticamente perdemos la amistad con los suyos, con sus íntimos, con aquellos a los que Él ama (Os. 1, 9: “Entonces el Señor dijo a Oseas: «Ponle por nombre: “Pueblo ajeno”, porque ni vosotros sois mi pueblo, ni yo soy vuestro Dios”). Por eso la pena de daño del infierno puede compararse a un lugar lleno de rencor, donde todos son enemigos entre sí.

c) La pena de daño nos priva de la sabiduría beatífica. Esto significa que perdemos la capacidad de apreciar la Creación como obra de Dios, que perdemos la capacidad de admirar la belleza y la perfección del Universo… de alguna manera, la pena de daño consiste en mirarlo todo con desprecio, con odio. Por eso la pena de daño podría compararse con la situación de alguien que se encuentra para siempre en un lugar que aborrece, donde se encuentra incómodo, fuera de lugar. Además, como el infierno es el lugar de la soberbia, perder la sabiduría beatífica consiste en mirarlo todo eternamente por encima del hombro.

En el infierno se mira con odio la Creación porque estar en el infierno es odiar a Dios.

d) La pena de daño nos priva de la gracia santificante, es decir, de la participación en la vida de Dios (el pez fuera del agua no puede nadar, ni respirar, ni alimentarse, ni relacionarse con los otros peces. La vida en Dios es vivir sumergidos en su gracia, en la gracia que nos hace semejantes a Él y nos permite disfrutar de la felicidad más perfecta).

e) La pena de daño nos priva, finalmente, de la resurrección gloriosa. Es decir, nos sumerge, definitivamente, en la segunda muerte del pecado, de la eternidad sin Dios. Nos quedamos para siempre en el fondo de la prisión mientras vemos como otros son liberados porque no quisimos recibir la salvación.

En conclusión, la pena de daño significa haber perdido toda esperanza: el infierno es el país de la desesperación, porque se ha perdido la última oportunidad de salvarse, y se es consciente de la imposibilidad de salir de ese estado. ¡Es imposible imaginarse una situación peor que la de vivir eternamente sin Dios!

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