¿Cuál es el sentido de mi vida?

El camino que se recorre en los Ejercicios espirituales es un itinerario que parte del descubrimiento de nuestra condición de criatura: me doy cuenta de que soy creado por Dios y de que dependo de Él, que es mi Creador. Este itinerario culmina cuando damos una respuesta personal a este descubrimiento y reconocemos que nuestro fin último es el mismo Dios. Somos de Dios para Dios. En esta primera meditación se pretende subrayar la idea clave de que el punto de partida coincide con la meta. La vida se entiende  como un camino de retorno a la Casa del Padre.

PUNTO PRIMERO: “El hombre es creado”

Para san Ignacio, el ser humano se encuentra en el mundo de paso, como un viajero en medio del camino.

Si hago mía esta definición, si me entiendo como un peregrino en esta vida, me encuentro con la necesidad de responder a dos preguntas fundamentales: ¿de dónde vengo? Y ¿a dónde voy?

De la mano de san Ignacio, ante la primera pregunta (¿de dónde vengo?), descubro que soy creado de la nada por Dios. Es decir: Dios me ha dado el ser: soy criatura suya “¿Qué tienes que no hayas recibido?” dice san Pablo en 1Co. 4, 7. Y si meditamos esta pregunta podemos llegar a darnos cuenta de que la gran mayoría de bienes que tenemos los hemos recibido y que prácticamente todo nos ha sido dado.

De esta manera, cuando descubrimos el punto de partida (¿de dónde vengo?) podemos advertir la meta hacia donde nos dirigimos (¿a dónde voy?); san Ignacio responde que la meta es la plenitud del ser, es decir,  la vida en Dios. Dios me da el ser y me invita a participar de su plenitud. Una invitación llena de amor y de libertad, pues nos deja responder libremente a su invitación.

Cuando soy plenamente consciente de que soy criatura e hijo de Dios y me doy cuenta de que sólo en Él encontraré el sentido de mi existencia. Quien ha perdido de vista el lugar de dónde viene y desconoce hacia dónde se dirige es un hombre que ha perdido el sentido de la vida. Para recuperar este sentido es necesario detenerse y tomar conciencia de que soy de Dios, y que estoy llamado a volver con Él.

Aunque en el terreno de la acción, efectivamente, puedo gozar de autonomía y de libertad, a un nivel más profundo (metafísico, ontológico, incluso existencial) descubro que yo no me he dado el ser a mí mismo, y desde ese descubrimiento puedo entender mi vida entera, mi existencia, como un don, un regalo precioso de Alguien que me ama infinitamente. Dios me ha creado, y sin Él, yo no podría ser ni existir. La Biblia hace referencia a la plenitud del ser de Dios:

Ex. 3, 14:Yo soy el que Soy”, (Dios a Moisés en el episodio de la zarza ardiendo). Dios es el Ser en plenitud. Las demás criaturas reciben de Él el ser: a esto se le llama ser “por participación”.

Ap. 22, 13:Yo soy el Alfa y la Omega” (Dios es el principio y el fin). Dios es el origen y la meta de toda la creación, y también de toda nuestra existencia. Sólo en Dios encontramos el sentido último de la vida, porque Dios es la fuente misma de la vida.

PUNTO SEGUNDO: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”

Al descubrir que mi existencia depende de Dios –porque Él es mi Creador–, es más fácil caer en la cuenta de que también soy creado para Él. Dios es mi meta. Así lo confirma san Agustín en sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”. Tenemos una sed de infinito que no se contenta con menos que Dios (como afirmaba santa Teresa de Jesús).

Según san Ignacio, mientras la naturaleza manifiesta su total dependencia de Dios de manera objetiva (en las maravillas de la creación se descubre la firma del Creador), el ser humano puede manifestar esta dependencia total de Dios de manera subjetiva, en el plano de la acción, o sea, en el camino de su vida a través de una actitud de agradecimiento por el don recibido, de respeto y de adoración.

Cuando descubrimos de verdad que Dios nos ha regalado la existencia, nos damos cuenta de que este Dios que tanto nos ama merece toda nuestra acción de gracias, nuestro respeto y adoración.

“Se alaba con los labios, se reverencia con el corazón y se sirve con las obras”. Esta es la triple dimensión del amor a Dios. Servir a Dios es imitar al Salvador. (Jn. 4, 34: “Jesús les dijo: –Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”). Si nuestra dependencia de Dios es total, conviene que nuestro amor a Él también lo sea, ya que es nuestra meta.  Como dice el refrán: “Amor con amor se paga”

Cumplir con la voluntad de Dios es facilísimo desde el amor. Como dijo san Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Quien ama, convierte la voluntad del otro en la suya propia. Por eso, si quieres ser amigo de Dios, cuenta que ya eres su amigo, porque Él te ha creado por amor y está deseando encontrarse contigo. El camino se hace pesado sin Dios; cuando no sabemos de dónde venimos, no podemos saber con seguridad a donde vamos y nos perdemos.

La parábola del hijo Pródigo del Evangelio explica la vida como un camino de vuelta a Dios:

(Lc. 15, 11-32) [1]: el hijo, después de pedirle a su padre la parte de la herencia que le corresponde, se va y emprende un largo viaje. Piensa que con su autosuficiencia conseguirá la felicidad. Pero se da cuenta de que con esta actitud lo único que consigue es pasar un hambre terrible, y entiende que para sobrevivir tiene que volver a su casa. Pero su sorpresa llega cuando a la vuelta no sólo encuentra la supervivencia, sino una vida de felicidad plena, el abrazo y la alegría del Padre.

PUNTO TERCERO: “Y mediante esto salvar su alma”

Al crearnos, Dios quiere hacernos participar de la Vida. En esto consiste la salvación: en vivir la felicidad plena del Cielo, en “ver a Dios cara a cara” (Ap. 22).

Nuestra meta es la salvación, porque sabemos, como san Estanistalo de Kostka, que “no hemos nacido para lo temporal, sino para lo eterno”. La meta de nuestro viaje es el Cielo, la alegría perpetua, la amistad con Dios, la santidad. ¡No podemos conformarnos con menos de lo que anhelamos desde el fondo del corazón! Sabiéndonos peregrinos en el camino de la vida, es evidente que anhelamos llegar a nuestro destino; no podemos, ni queremos, quedarnos anclados en una etapa, sino que, incluso en los momentos difíciles, cuando parece que todo nos empuja hacia atrás y nos hace tropezar, nos basta con recordar la meta que queremos alcanzar para volver a levantarnos.

Dios nos creó para una Vida de plenitud con Él; nos está esperando, porque sabe que estamos de vuelta. Y nosotros tenemos que ser conscientes de lo que nos espera, para recuperar el entusiasmo que quizás hemos podido perder por la monotonía o las dificultades del camino. Así lo dice el Evangelio:

Jn. 10, 10: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”;

Jn. 4, 14: “pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; más aún, el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna”;

Mc. 8, 36: “¿De qué le vale a uno ganar el mundo entero si pierde su vida?”;

Mt. 25, 34: “Entonces dirá el rey a los de su derecha: –Venid, benditos de mi padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.

Ver Meditación original: Principio y Fundamento I.

[1] Parábola del hijo pródigo (Lc. 15, 11-32). “También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”.

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