La importancia de tener clara la meta

En el Evangelio, Jesús nos relata la escena de un hombre que, después de una vida de éxitos y riqueza, se vio condenado al sufrimiento eterno de estar sin Dios por no haber sido capaz de descubrir al pobre que sufría a la puerta de su casa (Lc. 16, 19-32: es la famosa escena del rico Epulón). ¿Qué podemos aprender de esta parábola?

El infierno es la ausencia de Dios, es decir, la ausencia total de amor. El infierno es vivir siempre en el rencor y el odio, porque son los polos opuestos de la vida en Dios. Se trata de un sufrimiento que llega a ser también físico: además de ser un lugar espiritual, en el infierno también se sufre lo que se conoce como pena física o de sentido; cuando uno está muy resentido, o cuando guarda un rencor o un odio muy grande, eso se nota hasta físicamente.

San Ignacio propone la aplicación de los sentidos como un nuevo modo de orar, porque no rezamos sólo con la mente, sino con todo nuestro ser: se puede rezar con la imaginación, con el corazón e incluso con el cuerpo. El método sigue siendo la composición de lugar; en este punto se propone usar los sentidos de la imaginación para captar la longitud, anchura y profundidad del infierno, en una palabra, su contundente realidad, porque el infierno es real.

PREÁMBULO: el objetivo de usar los sentidos de la imaginación es que el temor de las penas me ayude a no caer en pecado. Por ejemplo, pensemos en el niño que sabe que si mete los dedos en el enchufe su madre le castigará: ¿Qué es peor, la “amenaza” del castigo o la consecuencia de meter los dedos en el enchufe? El miedo al castigo le sirve al niño para no caer en el peligro de electrocutarse.

ES MUY IMPORTANTE no perder esto de vista: el temor del castigo es una ayuda, una herramienta, para ayudar a no pecar, pero no evitamos el pecado por temor al castigo, sino porque pecar significa alejarse de Dios, es decir, rechazar voluntariamente su invitación a vivir en la plenitud de su Amor.

ORACIÓN DE SAN IGNACIO
Que el Señor me haga a mí también esta merced,
que me conceda un sentimiento interno de la pena que padecen los dañados,
para que, si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas,
por lo menos el temor de las penas me ayude a no caer en pecado.
Así sea.

Así, podemos descubrir las diferentes dimensiones del fracaso que supone alejarse de Dios definitivamente:

– PRIMER PUNTO: ver con la vista de la imaginación el sufrimiento de las almas;
– SEGUNDO PUNTO: escuchar con el oído de la imaginación los llantos, gritos, insultos y blasfemias;
– TERCER PUNTO: oler, con el olfato de la imaginación, el olor putrefacto de la muerte;
– CUARTO PUNTO: experimentar, con el gusto de la imaginación, el sabor amargo y putrefacto;
– QUINTO PUNTO: tocar, con el tacto de la imaginación, el fuego que abrasa el alma.

En conclusión, el objetivo de esta meditación no es el miedo, sino justo lo contrario: que contemplando lo terrible que es la realidad del infierno, se despierte en el alma la gratitud, porque nuestro Dios nos quiere salvar de este castigo por Jesucristo. Desde la advertencia de la sequía de una vida sin Dios, se despierta la sed de Dios, el deseo de entrar en la dulzura del Amor pleno. La meditación sobre la maldad del infierno se dirige a gustar la bondad de Dios, para que, como dice la Sagrada Escritura, podamos “gustar la miel de la peña y el aceite de la dura roca” (Dt. 32, 13).

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