La “Instrucción primera” es como el plan o el programa general que san Ignacio propone para seguir el recorrido de los ejercicios espirituales. Después de habernos situado en el terreno de juego de san Ignacio a partir de las tres primeras meditaciones [recordar: la vida como camino de vuelta a la casa del Padre; la Creación y nuestros compañeros de viaje; la libertad para elegir nuestros propios medios para el camino].

San Ignacio compara la vida espiritual con la salud corporal. De esta manera, ilustra la necesidad de mantenerse en forma espiritualmente. Lo mismo que ir al gimnasio.

Los Ejercicios espirituales de san Ignacio se plantean como el mejor gimnasio espiritual, y para ello es necesario plantear un programa general para definir los objetivos y proporcionar las mejores herramientas. Porque no nos conformamos con un gimnasio mediocre… queremos las mejores instalaciones y el mejor entrenador.

¿Qué son los “Ejercicios espirituales”?

La Instrucción primera es un breve prólogo de san Ignacio en el que explica qué son los Ejercicios espirituales, para que quienes los hagan saquen el mayor rendimiento.

Lo primero que hace San Ignacio es comparar los ejercicios espirituales con el ejercicio físico: de la misma manera que para tener una vida sana es necesario hacer ejercicio, para tener vida interior hace falta entrenar el alma.

Los Ejercicios espirituales, como entrenamiento del alma, tiene un doble objetivo: por un lado, eliminar los propios defectos, y por otro, distinguir o reconocer cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida.

¿Cómo se realizan?

Para este doble fin se proponen dos clases de medios complementarios: unos propios de los ejercicios, que se irán distinguiendo a lo largo de las cuatro etapas, y otros propios del ejercitante –o sea, del deportista espiritual–.

Los medios propios de los ejercicios se llevan a cabo en cuatro etapas:

-En primer lugar, reformar lo deformado, es decir: empezar a ponerse en forma, cambiar los malos hábitos. Esto se hace mediante el examen de conciencia y la confesión.

-En segundo lugar, conformar lo reformado, es decir: fortalecer la decisión de ponerse en forma, mediante la libre elección del camino que se nos propone, que no es otra cosa que contemplar la vida de Jesús en el Evangelio.

-La tercera etapa consiste en confirmar lo conformado, comprobando que hemos acertado con esta decisión, comprobando que es bueno ejercitar el alma, aunque suponga un gran esfuerzo. Por eso es necesario contemplar la pasión de Cristo. Para presumir hay que sufrir. En esta línea (pero sin caer en la frivolidad de quedarse en las apariencias): perseverar. El amor demostrado en la fidelidad ante las dificultades. Si me quedo a medio camino, si me dejo vencer por el cansancio, no llegaré a la cima.

-La última etapa, que san Ignacio identifica con la resurrección y la ascensión de Jesús, aspira a transformar lo confirmado en el fuego del Divino Amor. Con otras palabras: hacer de la nuestra una vida de unión íntima con Dios, elevando nuestra naturaleza mortal a la vida en Dios. Este es el ideal que perseguimos. El santo es un atleta del espíritu, el que se propone llegar a la cima y no se rinde ante los obstáculos del camino. La clave reside en esta actitud: no me rindo, porque sé que voy con el mejor guía.

Por otra parte, están los medios propios del ejercitante, de dos tipos: los positivos y los negativos.

  • Los negativos son dos: la soledad y el silencio.
  • Los positivos son otros dos: la prontitud en cumplir lo propuesto y la generosidad con Dios.

 

¿Cuáles son las ventajas de la soledad y el silencio?

La convicción de que nunca estoy solo (Is. 43, 1-4: “no temas, yo estoy contigo”) no me permite ceder al desaliento; un cristiano no se aburre estando solo, porque sabe que Dios siempre está con él. En este sentido, es necesario de vez en cuando detenerse para escuchar el susurro de su voz en el silencio, porque Dios nunca se impone con ruido. Además, la soledad ayuda a evitar las distracciones que nos dificultan la escucha. La soledad externa nos tiene que conducir a un clima de silencio interior, de paz, donde podernos encontrar con Dios cara a cara.

Es verdad que, de entrada, la soledad y el silencio parecen poco atractivos. Pero no se trata de fines en sí mismos, sino de los medios adecuados para nuestra gimnasia espiritual. Tampoco una dieta estricta es “atractiva” por sí misma, sino por la finalidad que se persigue.

La otra clave es la obediencia: si no obedeces a tu entrenador personal, difícilmente alcanzarás los retos que tú te has propuesto y a los que él te quiere ayudar a alcanzar. Imagínate que te propones correr una carrera de 12 kilómetros. Para ello, tu entrenador te propone correr 7 kilómetros cada tres días. Tuya es la decisión de hacerle caso o no; de esa decisión dependerá, en gran medida, el éxito del reto. Lo mismo pasa en la vida espiritual: tenemos un guía espiritual que nos acompaña en el camino hacia la vida de oración, para tener un espíritu en forma. Él nos exigirá en la medida de nuestras posibilidades, y nuestra es la decisión de seguir sus consejos o no. Es cuestión de generosidad.

La disposición o la actitud con la que enfrentes los ejercicios marcarán su desarrollo. Es importante remarcar el consejo de san Ignacio: Ingrediur totus, “Empieza todo”, es decir, no te pongas límites de antemano, sé generoso y llegarás lejos. Ponte metas altas. Duc in Altum, “Remad mar adentro” (Lc. 5, 4). No nos conformamos con poco.

¿Quién me asegura que los Ejercicios funcionan? ¿Qué garantías me ofrece este “gimnasio espiritual”?

  • Casi cinco siglos desde la fundación de la Compañía de Jesús (la Compañía de Jesús se fundó el 15 de agosto de 1534) demuestran la eficacia del gimnasio espiritual del que se han servido todos sus miembros desde el principio;
  • Algunos de los santos más grandes de la Iglesia, es decir, los deportistas de élite de la Champions de los santos, atestiguan la calidad de los ejercicios: Santa Teresa de Jesús, San Juan de Ávila, San Francisco de Sales, San Felipe Neri, San Vicente de Paúl… y más cercano a nosotros, SAN JUAN PABLO II, los calificó como “fragua de hombres nuevos, de cristianos auténticos, de apóstoles comprometidos”.
  • El testimonio de la Iglesia: el mismo Papa Francisco, todos los años, hace los ejercicios.

Nadie se imagina a un deportista de élite sin entrenar.

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