“Tenemos tanto, que no hay derecho a estar de mal humor”

    Sebas Lorente, campeón de Europa de golf adaptado
    Tengo 55 años. Soy barcelonés. Casado, tengo dos hijos. Hace seis años dejé la abogacía. Doy conferencias motivacionales. La política corrompe a las personas. Un político se debe a su partido y no suele decir la verdad. Creo en Dios y en la relación directa con él, rezo a diario, pero no quiero intermediarios
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    La victoria

    Tenía 20 años. Tras una noche de copas por Barcelona y de regreso a Sitges, Sebas dormía en el asiento trasero y Willy conducía, pero también se durmió. Sebas quedó parapléjico. Muchos años después encontró una aplicación en internet que calculaba los días pasados desde una fecha determinada. Esa mañana cumplía 19.539 días, pensó en cuál era el denominador común de todos esos días pese a las desgracias o tristezas, ylo tuvo claro: “19.539 días levantándome de buen humor. Desde entoncesy a diario, con idéntica estructura, cuelga un tuit con una reflexión que ha dado origen a 8 días levantándome de #buenhumor (Alienta), sobre sus aprendizajes, la suerte y, como decía Aristóteles, la victoria sobre uno mismo.

    ¿Es usted un tipo con suerte?

    Sí, soy extraordinariamente afortunado, y soy consciente de que viniendo de mí, que es­toy atado a una silla de ruedas, puede parecer paradójico.

    Cierto.

    Tengo amigos que han acabado fatal por escoger un camino que podía haber escogido yo.

    Se ha codeado con la beautiful people y con estafadores.

    La beautiful people es el imperio de la super­ficialidad, y todos los personajes que pululan por ella son calcomanías, solo les importa la apariencia, el mostrar. No me interesa nada.

    ¿Y qué hacía allí?

    Autoengañarme, divertirme noche tras noche, pensar que allí había algo más que vacío. También traté con muchos camellos que conocí en el mundo de la noche, y llegué a creer que eran mis amigos.

    ¿No pueden serlo?

    Es una relación comercial, pero tú de nuevote engañas. Con los estafadores topé profe­­­­sionalmente y no dejaba de pensar: “Este tíole es­­­tá quitando a otro lo que no es suyo y yovoy a ­defenderle”, era una contradicción ­enorme.

    No fue el accidente lo que le cambió.

    No, porque lo tuve a los 20 años saliendo de una de esas fiestas a las que continué yendo hasta que maduré. El accidente cambió mi forma de vivir pero no me cambió a mí, en ningún momento me vine abajo.

    Eso es raro.

    Es menos raro de lo que se cree. He conocido a mucha gente que ha tenido accidentes con consecuencias mucho peores, y la gran mayoría ­reaccionan como yo. El que se hunde lo haría tarde o temprano con cualquier otro problema que la vida le planteara, y lo tengo comprobado.

    Pensamos que somos incapaces de vencer determinadas situaciones, pero cuando estás en ello lo haces. Yo compito con personas que no tienen manos y juegan a golf y son felices.

    ¿Usted lo fue desde el primer momento?

    Lo afronté como un problema, y problemas más o menos graves los tenemos todos. No puedes dejar que te hunda, que te condicione el ­carácter, que cambie tu manera de relacionarte con las personas.

    Poder y querer son verbos distintos.

    Me dije: “Voy a estar toda mi vida en silla de ruedas, de acuerdo, lo asumo…, ¿Eso me va a restar felicidad? Para nada, y dejé de pensar en ello. La gente intentaba consolarme y me decían todo lo que podría hacer, y yo pensaba: “¡Es que lo que no pueda hacer ya me importa un pepino!”.

    Positivo.

    Mire, yo lo que quiero es estar con mi madre, con mi mujer y con mis hijos, pero no estar de pie con ellos. La conclusión a la que he llegado después de todo lo vivido y los diferentes ambientes por los que me he movido es que lo que tiene sentido en la vida es intentar mejorar.

    Para unos mejorar es una cosa y para otros, otra.

    Todos sabemos lo que es mejorar, y consiste en ser mejor persona. Quizá te engañes hasta los treinta, pero luego…

    A veces el luego no llega.

    Quizá esta es la primera entrevista en la que no ha salido a relucir mi espíritu de superación. Yo no tengo más espíritu de superación que usted o que cualquiera, lo que pasa es que me he visto obligado a adaptarme…

    Entiendo.

    …Pero mucha gente cree que hacer una tortilla en silla de ruedas es tener espíritu de superación. Yo tengo otros ejemplos.

    Cuénteme.

    La tata que teníamos cuando éramos pequeños se quedó viuda a los 30 años, embarazada de su octavo hijo y cuando el mayor tenía 10 años. Era analfabeta, pero sacó a su familia adelante. Comparar su espíritu de superación con el mío es como comparar el caviar con la chistorra.

    Fíjese en mi título rimbombante: “Campeón de Europa de golf adaptado”…, ¡pero si compe­tíamos doce! Te llenan la cabeza repitiéndote que eres un crack, y si te lo crees estás perdido.

    Valorar lo que se tiene es inteligente.

    Yo esta noche llegaré a casa, abriré la nevera y escogeré qué me apetece cenar, en ese mismo momento habrá gente haciendo lo mismo pero en un contenedor de basura, personas que tenían un trabajo y que ni se les había pasado por la cabeza acabar así.

    Nos falta esa humildad.

    Soy un privilegiado. ¡Qué suerte tengo!… Porque yo podría ser una de esas personas.

    Hay insatisfacción en todas partes.

    Sí, he visto a abogados y jueces que no pueden enfrentarse a un juicio sin meterse una raya.

    Presume de tener buen humor.

    Lo tengo. Me levanto cantando cada día. Basta saber que puedes estar triste y de buen humor, o con dolor de cabeza y de buen humor. Si logras no echar nada en falta en tu vida (ni lo que tuviste y ya no tienes, ni lo que podrías haber tenido), estás de buen humor. Tenemos tanto, que no hay derecho a estar de mal humor.

    Solo puedes construir con lo que tienes.

    En mi primer torneo de golf adaptado, a los42 años, me reuní con esta comunidad de personas con discapacidades, algunas mucho más severas que la mía, y descubrí que eran capaces de relativizarlo todo y vivir con una sonrisa, con objetivos a corto plazo.

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