‘¿Por qué tengo cáncer y no estoy triste?’, la carta de una joven que lucha contra la enfermedad

“Sí, así es, no estoy triste la inmensa mayoría del tiempo. Y cuando lo estoy, la tristeza me dura poco, se esfuma rápido y regresa la alegría, como si yo fuera un huésped extraño para ella, no está cómoda conmigo, ni yo con ella”. Así comienza la publicación en Facebook de Silvia Turnes, una mujer de 32 años que lucha contra un sarcoma y cuya carta abierta se ha colgado también en un tablón de la planta de oncología del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña.

Reconoce que hay “momentos duros, y de miedo, pero no me duran demasiado. Y no porque haga un esfuerzo especial, sino que de manera natural, me sale estar alegre, no lo tengo que forzar”.

“Estoy en la tierra para ser feliz, para vivir sin miedo, y tengo la extraña costumbre de ver el vaso medio lleno. No porque sea una hippie flipada, sino porque de verdad me gusta la vida, y porque realmente estoy convencida de que todo en ésta vida tiene algo positivo y un sentido, un aprendizaje, evitar un mal mayor, quizás algo que no ocurra hasta después de años, o a lo mejor no lo llegaremos a entender nunca, pero todo en esta preciosa vida tiene algo lindo, a pesar del dolor, de la enfermedad, de la guerra, del hambre, de la maldad”, continúa.

Dice que está viviendo y muriendo igual que cualquiera “porque nadie sabe cuándo va a ser su último día”. “Desde que nacemos estamos muriendo, hacia la muerte vamos, porque el que yo tenga un diagnóstico de una enfermedad grave no significa que mañana otra persona que no la tiene pueda morir en un accidente”.

En la carta, llena de vitalidad y positivismo, dice que “lo único que cuenta es el ahora, y ahora estoy viva, y quiero vivir cada día con alegría y disfrutando, sin pensar demasiado ni en el pasado ni en el futuro”. “Ya no persigo la utopía de la felicidad perpetua, pero sí esa felicidad a ratitos, que si son lo suficientemente numerosos, a ser posible diarios, hacen que la vida tenga sentido”, reconoce.

Por eso, habla de todo aquello que le hace feliz: “una guerra de cosquillas con mi hijo, aprenderme una nueva canción a la guitarra, la visita de alguien querido, reírme con mis amigos, hacer el amor, pasear con mis perros, un mimito de mamá, planear un viaje”.

Dice tener fe en que va a curarse y elige “callar a esa vocecita del interior que es el miedo”. “Y si me equivoco y ésto puede conmigo, habré sido feliz durante el proceso, en lugar de desperdiciar mi último tiempo de vida estando deprimida”.

Silvia explica que ha ganado muchas cosas durante este proceso. Por ejemplo, ahora es más consciente de cosas como su propia fortaleza, ha ganado gente “nueva y linda” que conoció en sus ingresos hospitalarios y se ha reconciliado con personas del pasado.

“Tener cáncer es una putada, ¿preferiría no tenerlo? Pues sí, claro. Pero hay cosas que están en tu camino para ti, y si algo he tenido claro desde el momento del diagnóstico es eso, que esto forma parte de mi destino. Y cuando te viene algo así, es mejor no enfadarse con la vida y decir, “bueno, pues si es lo que toca, allá vamos, estoy lista!!”, señala.

Su objetivo no es otro que su relato sirva para que los demás nos demos cuenta de que los problemas de la vida son tan grandes o tan pequeños como queramos verlos: “Si no les damos poder y decidimos centrar nuestra atención en lo positivo que tenemos en lugar de en lo negativo, el problema se esfuma, o se hace muy pequeñito”, concluye.

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