“Hemos olvidado que la vida es una búsqueda de sentido”

Rob Riemen, filósofo, teólogo y ensayista, fundador de Nexus Institute, foro de debate internacional
Tengo 56 años. Nací y vivo por desgracia en los Países Bajos, sólo tenemos patatas, lluvia y un renacer del fascismo. Casado, sin hijos. Me preocupa la vuelta del fascismo en EE.UU., Hungría, Polonia, Francia, Italia, Bélgica… la lista es larguísima. Estudié teología y tengo una educación judía

Resiste

Karl Jaspers definió la era axial (del 800 a. C. al 200a. C.), ese momento en el que coincidieron los grandes profetas y filósofos (Confucio, Lao Tse, Buda, Zaratustra, Isaías, los griegos…). Todos hablaron de la dignidad de la vida. De esos valores fundacionales de la civilización habla Riemen en Nobleza de espíritu, los valores del humanismo tan olvidados en esta época en la que lo fácil es lo bueno. En su ensayo “Para combatir esta era”. Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo (Taurus) analiza adónde nos lleva esa falta de valores y nos recuerda que debemos formarnos para poder resistir. Ambos ensayos dan buen material para pensar por nosotros mismos. “Resiste, no es difícil: si algo es estúpido, no lo apoyes”

¿Qué es la vida?

Complejidad, pero vivimos una época en que se pretende que la vida sea fácil, divertida, sexy y estupenda. Hemos olvidado que la vida es una búsqueda de sentido.

No es sencillo.

Como dijo Cicerón, el cultivo del alma es la búsqueda de la sabiduría, en eso consiste el humanismo, que es la base de la cultura europea: aprender a vivir con verdad, siendo justos y crean­do belleza.

Verdad, ¿cuál de ellas?

Me refiero a la verdad metafísica, la idea de en qué consiste la dignidad de los seres humanos, a qué deberíamos aspirar. Se trata de esa verdad inmutable que hace que una pintura de Goya, la música de Bach o la filosofía básica que encontramos en los clásicos sigan siendo válidas.

¿Verdades universales?

Sí, esas que nos recuerdan que todos formamos parte de la misma humanidad. Es lo contrario del mundo actual, donde todo es transitorio, inmediato y carece de sentido.

Vivimos en el todo vale siempre que sea políticamente correcto.

Los valores que dominan nuestro mundo son la eficiencia, la productividad, la cantidad, la flexibilidad. Son valores comerciales que se aplican a todo, desde la política hasta la educación.

¿El éxito y el dinero son la recompensa?

Nuestra educación no está interesada en dar ninguna noción de la sabiduría, pretende hacernos listos. Hoy el valor clave es que las cosas sean útiles, todo lo que no es útil sobra. Lo mismo ocurre en los medios de comunicación, lo que cuentan son las audiencias y las cifras.

¿Y adónde nos lleva?

Sin esos valores humanistas universales, si eliminamos la compasión, la búsqueda de la sabiduría y la justicia, el concepto mismo de calidad de vida desaparece y nos quedan las identidades tribales que se basan en los nacionalismos, ese fascismo que resurge por todas partes.

El propio Spinoza decía que todas las cosas excelentes son tan difíciles como raras.

Cierto, hacer cosas que tengan sentido es difícil. Preferimos no pensar en nosotros mismos porque cuando lo hacemos nos deprimimos, así que tendemos a lo fácil, lo convertimos todo en consumo y buscamos la distracción.

¿No salva a nadie?

Todos somos cómplices de esta sociedad kitsch, y ahora estamos desesperados ante sus consecuencias políticas.

Usted critica la democracia de masas, pero si la democracia no es de masas, ¿de qué es?

Si usted forma parte de la masa, hace lo que todos, opina lo que todos, está renunciando a la identidad propia. El sentido real de democracia es justo lo contrario, es una forma de gobierno que va acompañada de responsabilidades individuales para con los demás seres humanos y con el planeta, contribuir a un mundo mejor.

Para eso es esencial cultivar el pensamiento crítico.

Sí, porque tal y como dijo Ortega y Gasset, el hombre-masa es un individuo miedoso e ignorante que acaba refugiándose en el grupo para conseguir sus objetivos y satisfacer sus deseos sin merecerlo.

Hemos caído muy bajo.

Por eso tenemos en todo el mundo una clase política y todas las élites corruptas.

En la época de Sócrates ya estaban corruptos, ¿no será condición humana?

En el momento mismo en que Grecia se convirtió en una sociedad decadente mataron a Sócrates porque querían proteger su propia decadencia, explicó Albert Camus.

Entiendo.

El hecho de que no tengamos el valor de admitir la situación política actual, que es la vuelta del fascismo, es muy ilustrativo. Estamos cultivando una mentira, y parte de ella es el pensar que las élites se ocuparán de nosotros; no va a ser así porque las élites de hoy tienen interés en mantener la sociedad tal y como está, porque si cambia, desaparecerán.

¿Élites políticas y económicas?

Y de la educación, la salud, la investigación, los medios de comunicación… todas las élites.

¿Y usted apunta que la solución es la conciencia individual?

La conciencia nos da una perspectiva distinta de qué es una vida justa y una buena sociedad, pero esa conciencia hay que formarla. Ojo con la banalidad de “esto es justo y bueno porque me lo parece a mí”.

Eso forma parte del triunfo de lo fácil.

Es necesaria una educación en dignidad humana, esos valores de lo que hablan los grandes pensadores de todos los tiempos. El problema es que nos han lavado el cerebro y lo único que nos queda es miedo. Nuestra sociedad es presa de una gran ansiedad. En EE.UU. cada día 175 personas mueren de sobredosis; si fueran ataques terroristas, el mundo se volvería loco.

Los intelectuales no sirven de mucho.

La mayoría son estúpidos, y los académicos todavía son peores, son inútiles. La traición de los intelectuales viene de lejos, no están comprometidos con nada. Pero todo el mundo puede leer a Platón, a Ortega y Gasset, Marcuse…

¿Propone que nos autoeduquemos?

Las cosas serían distintas si todos aceptáramos nuestras responsabilidades morales. Sócrates decía que deberíamos hacernos dos preguntas: qué es una buena vida y cómo contribuir a una buena sociedad. Si tomamos conciencia, exigiremos otra educación, otra sociedad.

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