“La gran fosa de emigrantes no es el mar, ¡es el desierto!”

Quiso ser blanco

“Ahora mismo, mientras hablamos, algún muchacho subsahariano bebe sus orines y muere en el desierto del Sáhara”, sentencia Ousman, perentorio. No quiere que nadie más pase por el drama que él padeció. Por eso actúa: educa a chavales de Ghana y así les salva la vida, mediante la oenegé Nasco Feeding Minds (Nascoict.org), fundada con su socio Daniel Pagés, premiada por la ONU por alfabetizar a 6.000 niños. Recaudan y envían fondos allí para levantar escuelas. Sus padres aquí se llaman Armand Gironés y Montserrat Roura Pié, y él ya es blanco: ha estudiado hasta titularse como máster en dirección y cooperación internacional y se ha hecho de nuestra tribu.

Ousman Umar, emigrante subsahariano

Nací en martes. Tengo unos 29 años, más o menos. Soy de Ghana y vivo en Barcelona. Soy mecánico de bicicletas. Estoy soltero, sin hijos. ¿Política? Libertad y tender puentes. Hay un poder superior, me han sucedido cosas inexplicables: ¡soy la persona más afortunada del mundo!

Le veo contento.

¡Soy la persona más afortunada del mundo!

¿Por qué?

¡Debería haber muerto muchas veces! Y estoy vivo.

¿Cuál fue la primera vez que se salvó?

Mi madre murió al parirme. Por haberla matado, tocaba abandonarme y dejarme morir.

Un bebé no es culpable.

Así lo cree el animismo de mi tribu, los wala. Pero tuve suerte: mi padre era el chamán…

¿Y le salvó?

Sin su aprobación no podían matarme, y me envió a criarme con una tía. Y a los nueve años, un avión cruzó el cielo…

¿Qué importancia tiene eso?

Mucha. Pregunté y me dijeron: “Lo hace el hombre blanco”. Tiré una piedra y cayó sobre mí. Quise ser blanco, ver su mundo, saber cómo se hace un avión.

¿Y qué hizo?

Me fui a la ciudad a aprender chapistería y soldadura. Mi jefe sólo me daba sobras para comer. Me largué.

¿Volvió al pueblo?

Mi curiosidad pudo más: fui a Accra, trabajé de soldador en el muelle. Dormía en la calle. Un día, en una televisión vi un partido del Barça…

¿Por qué me lo cuenta?

Decidí que para conocer al hombre blanco, iría a Barcelona. Con mi amigo Musa, logramos que un camionero que iba a Níger nos dejase subir. Teníamos doce años.

En Níger y solos, con 12 años…

Con los ahorros pagamos a un caravanero para cruzar el Sáhara. Éramos ¡46 personas en tres coches! En mitad del desierto nos bajaron y nos dejaron con un guía.

¿Para dirigirse hacia dónde?

A Libia. Un día después empezamos a ver muertos. Les cogíamos el pasaporte. El guía nos pedía más dinero para seguir.

¿Se lo dieron?

Sí, pero pocos días después seguíamos vagando, y sin agua, Y algunos empezaron a morir. Bebíamos nuestros orines… Supe que iba a morir también, y entendí.

¿Qué entendió?

Aquello era una gran trampa: el guía nos desplumaba y nos dejaba tirados. Como aquellos cadáveres, anteriores víctimas.

¿Una mafia sin escrúpulos?

La gran fosa no es el estrecho de Gibraltar, no es el mar: ¡el desierto es la gran fosa!

¿Cómo se libró?

Decidimos matar al guía. Pero sacó un cuchillo y huyó. Seguimos caminando y muriendo. De los 45, sólo seis llegamos a Libia.

¿A qué atribuye su supervivencia?

Tras una duna hallé un cadáver con cantimplora: quedaba un poco de agua. ¿Por qué yo? No sé. La compartí con mi amigo Musa.

¿Y en Libia, qué?

Trabajé para una familia, aprendí rápido el idioma, tengo facilidad. ¡Qué racistas son! “Antes que mi hija se case con un negro, prefiero que la atropelle un camión”, oí decir.

¿Cómo salió de Libia?

Trabajé y ahorré dinero para otra mafia, de pateras. Nos engañaron: nos llevaron a Mali.

¿Y eso?

Por cada emigrante que entregan, Europa paga. Luego nos sueltan, y se repite el ciclo.

¿Europa gasta millones para esto?

Hacedlo mirar, sí. Llegué a Mauritania y nos fabricamos una patera. Éramos ochenta, con mi amigo Musa. Teníamos ya 15 años… Aún me pesa…

¿Qué le pesa?

Naufragamos. Nadé de vuelta a la costa, y en la playa vi el cadáver de Musa. Me fui sin intentar reanimarle: huía para que no me cogiesen. Quizá hubiese podido reanimarle…

¿A la siguiente fue la vencida?

Tras 38 horas en el mar, nos hundimos ante Fuerteventura. Vi morir a dos niños.

Ya estaba con los blancos…

Me enviaron a Málaga, y allí me preguntaron dónde querría vivir. “Barca”, dije. No me entendían. Es como creía que se pronunciaba “Barça”: quería ir a Barcelona.

¡Y aquí está!

Llegué el 24 de febrero del 2005. ¡El paraíso! Pero pronto descubrí que aquí no manaba leche de las fuentes, como creía: dormí en bancos, pasé aquí más frío que nunca. Y cierta mañana… otro milagro.

¿Qué pasó?

Una señora me levantó de un banco, me cogió de la mano, me invitó a desayunar. Llamó a su marido y me instalaron en su casa de Valldoreix: me adoptaron. Yo tenía casi 18 años. La primera noche en aquella cama, me pregunté: “¿Por qué?”.

¿Por qué qué?

La señora me arropó y besó en la frente. Salió, y yo rompí a llorar: “¿Por qué yo he tenido que sufrir tantísimo para merecer ese beso, ese afecto?”. Es lo que me pregunté.

¿Se respondió? ¿Cómo se siente hoy?

He cambiado aquel “¿por qué?” por un “¿para qué?”. Y trabajo, he estudiado, hablo castellano y catalán, me he formado… ¡todo para ayudar a los niños de Ghana!

¿Está haciéndolo?

Sí, viajé a Ghana, abracé a mi padre y a mi hermano, que hoy me representa allí: hemos montado escuelas, y 6.000 niños de mi país han pasado ya por nuestras aulas.

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