“El buen maestro” y la urgencia educativa

La educación en las aulas se ha convertido ya casi en un subgénero dramático. Un subgénero muy difícil, pues muy pocas películas son realmente creíbles en su representación de lo que realmente ocurre en las aulas de los institutos periféricos –tanto en su sentido literal como en su acepción franciscana–. En el ámbito francófono existe una especial querencia por este tipo de historias. Baste recordar las cintas de ficción Hoy empieza todo, de Betrand Tavernier (1999), La clase, de Laurent Cantet (2008), Profesor Lazhar, de Philippe Falardeau (2011), o el documental Ser y tener, de Nicolas Philibert (2002). Fuera del ámbito francés, y si obviamos las clásicas Rebelión en las aulasMentes peligrosas o El sustituto que pertenecen ya a otros tiempos, quizá la más interesante sea El profesor, de Tony Kaye (2011), protagonizada por Adrien Brody.

Con El buen maestro volvemos al entorno francés, de la mano de Olivier Ayache-Vidal, un documentalista que debuta en el largo de ficción y que se instaló dos años en el Instituto Barbara, de Stains, a las afueras de París, para empaparse de la problemática de los centros educativos de las periferias. La película, protagonizada por Denis Podalydès, está rodada en ese mismo centro, y los actores que hacen de alumnos son adolescentes reales de ese instituto.

El argumento nos cuenta la historia de François Foucault, profesor de Literatura en el más prestigioso instituto de París, el Henri IV. Una serie de circunstancias le obligan a dejar su puesto por un año y recalar en un instituto del extrarradio de la ciudad, en un barrio lleno de inmigrantes y problemas sociales. Foucault se da cuenta de que sus métodos pedagógicos no sirven en un ambiente de desmotivación, bajísimo nivel cultural y enorme falta de disciplina. La mayoría de sus compañeros han sucumbido al escepticismo, y Foucault tendrá que indagar nuevas forma de acceso al mundo de sus alumnos.

La película acierta al poner la mirada sobre el problema humano de los chavales, y en la urgencia de hacerles recuperar su fe en sí mismos, como condición necesaria para su progreso personal. Sin embargo, el filme se queda corto en cuanto a la profundización en esta cuestión, que hubiera requerido de un desarrollo más radical, al estilo de la citada El Profesor. Por otra parte, el guion se centra demasiado en un alumno, Seydou (Abdoulaye Diallo), y ello quizá desdibuja la propuesta pedagógica. No obstante, el valor de esta película está en volver a poner el foco en la urgencia educativa, y en la necesidad de revisar la pedagogía desde una profunda antropología.

La puesta en escena se ve favorecida por la trayectoria documentalista de su director, y tiene un aire fresco y directo muy creíble. No tan creíble es la subtrama romántica del profesor, un poco impostada, metida con calzador y que no aporta nada al objetivo del filme. En cualquier caso es una propuesta muy recomendable y sin duda valiosa y probablemente necesaria.

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