Cuatro verdades que abren las puertas a Dios

1. Soy buscador

Cualquier experiencia humanamente intensa, de primeras da a entender al hombre que no sabe lo que debe saber. Nos damos cuenta, al mismo tiempo, que seguramente no estamos donde deberíamos estar, que nuestra situación no es la adecuada, que es preciso cierto cambio para afrontar la situación. En otras palabras, nos damos cuenta de que somos hombres, un ser humano en camino.

La religión bíblica recoge las experiencias de un pueblo nómada. Israel es un pueblo en camino a su tierra prometida y, una vez alcanzada, durante mucho tiempo es un pueblo en el exilio. Esta imagen significa gráficamente lo que es la existencia humana. Nos enseña que el hombre está puesto en un camino, que este camino le lleva a un destino, que le acontecen diversos sucesos a lo largo de su vida que él tiene que buscar y descubrir.

Significa, al mismo tiempo, que sus pasos pueden acercarle o alejarle de la verdad definitiva, y que también puede equivocarse. Ciertas experiencias fuertes son ocasiones
óptimas para adoptar la postura propia del buscador. No tiene sentido rebelarse por el sinsentido de ciertos sucesos, abandonar o cruzarse de brazos, protestar o huir. “Soy un buscador”, “estoy en camino”. No ahora, sino que mientras dé pasos sobre esta tierra,
la búsqueda no cesará, el camino no estará terminado. La confesión de Albert Camus es elocuente:

“He conseguido hacer mucho dinero porque de alguna forma he sido capaz de articular la desilusión del hombre por el hombre. He tocado algo en el interior de mucha gente, porque
identifican en mis obras la angustia y la desesperación. Me dirigí al sinsentido y a la incertidumbre, principios básicos en los que no estoy seguro de creer aún. Esto, más que
ninguna otra cosa, es lo que me consterna, ésa es la raíz de mi desesperanza. (…) Pero frente a la desesperación he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de
todo, valoro la vida. (…) Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las repuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me está dando. Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”.

2. Un buscador que no hace pie en todos los suelos

Vivir la vida enseña no sólo a adoptar la actitud del buscador, sino también a tomar conciencia de que la realidad le supera porque es mucho más rica que él, que vive en un mar en el que no siempre hace pie. Un buen científico como Severo Ochoa, Premio Nobel por sus investigaciones, afirmó al final de su vida a una periodista:

”No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un extraño sabio… un sabio que no sabe nada”.

Esta afirmación no era pacífica. Aunque su formulación es parecida al socrático “sólo sé que no sé nada”, no tiene nada que ver. Ochoa gritaba su frustración, pues a las preguntas ¿por qué es la vida?, ¿cuál es el origen?, ¿qué es la muerte?, ¿qué hay después?, ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa?, ¿me podría explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste?… no sabía responder. Nadie da una respuesta plena, pero él era uno de los que se plantean los misterios como si fuesen problemas, no recorren un paso hacia el misterio porque sólo se fían de la razón…: son necios sabios. Ochoa sabe que no es un ignorante sabio como Sócrates, sino un necio sabio.

Su queja tenía el sabor de la frustración. Hay problemas y misterios. El hombre buscador sabe que debe resolver los problemas como problemas, y desentrañar los misterios como misterios:acercándose a ellos respetuosamente,  sabiendo que no hace pie en esas
profundidades, contemplándolos y dejándose instruir, permitiendo que le envuelvan totalmente.

Los misterios no tienen una resolución tan asequible como los problemas, pero
son incomparablemente más gozosos y fecundos. Una pequeña luz que nos haga vislumbrar el misterio es mucho más interesante que el dominio completo de cualquier problema.

Un buscador como el cineasta Ingmar Bergman es protagonista de una interesante reacción. Escéptico, pensaba que la muerte es el fin, el paso al no-ser. Hasta que muere quien fue durante años su mujer. Aunque su razón racionalista le niega ya la posibilidad de
un encuentro futuro con ella, no puede no rebelarse. Pisotea su expediente racionalista y afirma, con una extraña seguridad, que volverá a verla:

“No ha pasado un día en mi vida sin que haya pensado en la muerte. O en el que el pensamiento de la muerte no me haya tocado de alguna manera. Así que escribí una película sobre la muerte. Era El séptimo sello. Fue una muy buena terapia. A veces, lo que uno hace, lo que uno escribe… puede ser una terapia. Y en aquel caso fue así. Pero luego me pasó algo raro. Lo que pasó fue que… me salió un absceso con un principio de septicemia. Así que había que eliminar el absceso. Me lo hicieron en el hospital de Sophia Hemmet. Noté un pequeño pinchazo… y después… no pasó nada. Hay ocho horas de mi vida… que están totalmente eliminadas. Era hipersensible a aquel anestésico, y me habían puesto demasiado. Aquello me fascinó, porque pensé: ‘¿Es así, la muerte?’. Eres una luz que se enciende y entonces, un día, se apaga. no queda nada, ninguna llama. Así que
no hay razón para temer la muerte. Es algo espléndidamente piadoso. Algo magnífico. Y, habiendo comprendido esto, yo vivía contento. Vi que podía apartar mis pensamientos cotidianos sobre la muerte. Los pensamientos seguían viniendo… sobre todo en mi hora del lobo, al alba… pero podía apartarlos diciéndome que no eran nada. En un instante, paso de ser algo a ser nada. Me gustaba esa idea. Pero luego llegó el gran problema. El problema aplastante, que fue cuando murió Ingrid, casi exactamente hace ocho años. Y, lógicamente, me dije: ‘No voy a volver a ver a Ingrid jamás. Se ha ido para siempre’. Pero lo curioso es que siento la presencia de Ingrid, sobre todo aquí en Faro. De una forma intensa. Y pienso: ‘Es imposible que sienta su presencia si no existe’. Y es que aquella operación fue una reacción química. No era la muerte de verdad, sino una muerte artificial. En la muerte real puede que Ingrid me esté esperando, y que exista. Y que venga a buscarme. Yo doy por sentado que voy a encontrarme a Ingrid. Y he eliminado por completo la pesadilla de que no vuelva a verla. Doy por sentado que voy a encontrarme con Ingrid”.

Imaxe relacionada

A esto me refería con lo de abrazar en toda su verdad y con respeto cada una de las experiencias antropológicas por las que nos va paseando nuestra existencia. Abrazar el hecho de la muerte nos hace conscientes de que no hacemos pie, de que estamos ante un misterio del que puedo ser buen aprendiz. Es imprescindible educarnos a vivir cómodos con el misterio. Un testimonio, aunque sea referido al caso particular de la liturgia, es el del cardenal Ratzinger: “En los antiguos edificios monásticos se encontraban la Escuela de Señoritas y el entonces Instituto para la Formación del Niño, llamado ‘jardín de infancia’.
Ha quedado particularmente grabado en mi memoria el recuerdo del ‘Santo Sepulcro’, con muchas flores y luces de colores, que se erigía entre el Viernes Santo y el Domingo de Pascua y que nos ayudaba a sentir próximo el misterio de la muerte y resurrección, a percibirlo con nuestros sentidos internos y externos, mucho antes que cualquier intento de
comprensión racional”.

Traigo a colación este recuerdo por lo oportuno que resulta percibir el misterio con los sentidos internos y externos antes de intentar hacerlo con la razón.

3. El amor es quien me abre puertas a otras verdades

Tomando pie en la experiencia de Bergman, podríamos distinguir otro hito en la vivencia de estos misterios: es el amor a Ingrid el que le hace vislumbrar algo que la razón le negaba. Aprendemos que en las cuestiones últimas que preocupan al hombre no hay que separar
pensamiento y existencia. Pensamiento y existencia se condicionan recíprocamente.

El pensamiento sabe que sus conquistas están limitadas a lo razonado. Por eso, al mismo tiempo, sabe que la persona es capaz de conquistas más amplias que se extienden a toda la realidad razonable, aunque en muchos casos no habrá sido alcanzado razonadamente. Los misterios nos ofrecen realidades razonables que no somos capaces de razonar.

¿Cómo alcanzamos esas verdades? El amor es la llave. Lo mismo ocurre
cuando, ante comportamientos de otros que no hay forma de defenderlos con la razón, lo justificamos diciendo que “son cosas del amor”. Y así es. El amor abre puertas a verdades más plenas. El amor, la relación con los demás, el encuentro con algunos cristianos, poner el afecto en juego, es algo indispensable. “Nunca se puede buscar la fe de manera aislada, sino sólo en el encuentro con personas creyentes capaces de entenderte. La fe crece
siempre en comunidad”.

Y es que “sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia, y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del
amor es condición preliminar para llegar a la fe”.

Es más. Ese momento de la experiencia que me ayuda a buscar más allá, donde no hago pie, en el encuentro con los otros, es imprescindible porque a la misma fe cristiana le constituye ser un encuentro. “La persona, en cuanto ser relacional, ha sido creada de tal forma que se hace en el otro, y descubre también su sentido, su misión, su exigencia y posibilidades vitales en los encuentros con los demás. Esta estructura fundamental de la existencia humana nos permite entender después la fe y el encuentro con Jesús. La fe no es un mero sistema de conocimientos, es, en esencia, el encuentro con Cristo”.

Es importante descubrir esta estructura del hombre en cualquiera de las situaciones antropológicas por las que atravesamos, ya que la decisión a favor de Dios es una decisión del pensamiento y, al mismo tiempo, de la vida, en sinergia.

4. Un frustrado redimible

Otro aspecto que podemos descubrir sería que el hombre frustrado por una tensión no resuelta puede ser redimido en el encuentro con Cristo, o con hombres en los que vive Cristo. Un fabuloso diálogo entre Freud y Dios, escrito por Eric-Emmanuel Schmitt para
el teatro, pone en boca del científico doctor esta queja contra Dios: “¡Le acusaría de falsas promesas!”. Lo razona con estas palabras:

– Freud: El mal es la promesa incumplida… ¿qué es la muerte… sino la promesa de la vida que emana de mi sangre bajo mi piel y que nunca se cumple? ¿Por qué cuando me toco o
me entrego a la embriaguez mental que es el puro placer de existir no me siento mortal? La muerte no está en ninguna parte, ni en mi vientre, ni en mi cabeza… no la siento. La muerte la conozco de oídas, me enseñaron a conocerla, ¿hubiera sabido que un día
moriría si nadie me hubiera hablado de ella? Yo me creía inmortal. La muerte es
traicionera, siempre ataca por la espalda, nunca de frente… lo peor de la muerte no es… la nada, es… ¡la promesa de la vida… incumplida! Por culpa de Dios. ¡Ay el dolor! ¿Qué es sino la falsa integridad del cuerpo? Un cuerpo hecho para correr, para gozar, un conjunto
armónico que funciona con la exactitud de las manecillas de un reloj y aquí está vulnerado, amputado, descompuesto… El dolor no se siente en la carne, ya que toda herida es una herida del espíritu. Es la promesa incumplida, la culpa… es de Dios. El mal que los hombres se hacen los unos a los otros, ¿qué es sino la paz perdida? La promesa que había en el calor de una cabeza acurrucada entre los senos maternos… la ternura de una dulce voz que nos hablaba desde lo más profundo del corazón aunque ni siquiera comprendiéramos las palabras. La unión total con el universo que conocimos, cuando el universo no eran sino dos manos amantes que nos daban el biberón… ¿Dónde ha ido todo eso? ¿Por qué esta guerra? Promesa incumplida… de nuevo, la culpa es de Dios. Pero el peor de los males, la fina y acerada punta de la maldad, es la mente, a la que la misma inteligencia convierte en estúpida, parecería como si Dios nos hubiera dado la inteligencia únicamente para rozar sus límites… la sed… sin agua. Creemos que lo sabremos todo, que lo comprenderemos todo, y la razón nos abandona en el camino. ¡No lo sabemos todo! Y no comprenderemos
nada. Aunque viviera trescientos mil años y supiera el nombre y el número de las estrellas, seguirían siendo indescifrables para mí y yo seguiría preguntándome: ¿qué hago en esta tierra con los pies hincados en el barro? Los límites de la razón… ésa es la última de las promesas incumplidas. La vida sería bella si no fuera una traición, sería fácil la vida si no hubiera creído que tenía que ser larga, alegre, justa. Esperaba demasiado, tenían que haberme creado más irracional para no esperar nada. Por eso, señor Berside, si Dios existe, es un Dios mentiroso, predica y luego abandona. Él ha creado el mal, porque el mal es la promesa que no se cumple.

– Dios: Déjeme explicarle.

– Freud: No quiero más explicaciones. Si Dios está contento de lo que ha hecho,
del mundo que ha creado, entonces sería un dios singular, un dios cruel, un dios
hipócrita, un criminal, el autor del mal de los hombres. Más le valiera no existir. Si hubiera un dios, no podría ser otro que el mismo diablo. (…) Si Dios existiera, si estuviera aquí esta
noche en la que el mundo llora y mi hija está presa entre las garras de la Gestapo, le diría: ¡No existes! Si eres todopoderoso entonces eres un malvado, si no eres malvado no eres todopoderoso, perverso o limitado, no eres un dios a la altura de Dios, no es necesario que existas. Los átomos, el azar, el choque de los planetas; eso basta para explicar un mundo tan injusto… Definitivamente, no eres más que una hipótesis inútil.

La respuesta de Dios es contundente:

– Dios: Y sin duda Dios te respondería así: Si pudieras ver de antemano como yo
la cinta de los años venideros, serías aún más violento pero dirigirías tu acusación al verdadero responsable. Si pudieras ver más allá… Este siglo será uno de los más
extraños de la Tierra. Se conocerá como el siglo del hombre, pero será el siglo de todas las pestes, como ésa que ya empieza a expandirse por Viena y de la que sólo ves los primeros bubones, pronto llegará al mundo entero y no hallará apenas resistencia. Tú te librarás de ella, Freud, considérate afortunado. A los otros, a tus amigos, a tus discípulos, a tus hermanos y a tantos inocentes los van a matar, por decenas, por millones, en falsas duchas que en lugar de agua librarán gas, y serán sus hermanos los que se lleven los cuerpos para arrojarlos a grandes fosas que luego cubrirán con cal. Ya habrá otras pestes, pero en el origen de todas aparecerá el mismo virus, el mismo que te impide creer en mí, el orgullo. Jamás el orgullo humano habrá llegado tan lejos, hubo un tiempo en que el orgullo humano se contentaba con desafiar a Dios, hoy quiere reemplazarle. Hay una parte divina en el hombre, la que le permite negar a Dios. Tú no te contentas con menos, acabas de decirlo. El mundo, el mundo no es más que un producto del azar, una confusa y absurda obstinación de moléculas y en la ausencia del verdadero maestro sois vosotros los que, en adelante, legisláis. “Ser el señor”. Jamás esa locura tendrá tanto arraigo como en este siglo. “Dueños de la naturaleza”. Y contaminaréis la tierra y ennegreceréis las nubes. “Señores de la materia”. Y haréis temblar al mundo. “Dueños de la política”. Y crearéis
el totalitarismo. “Señores de la vida”. Y temeréis tanto a la enfermedad y a la muerte que aceptaréis subsistir a cualquier precio para no vivir, sino sobrevivir anestesiados como vegetales en un invernadero. “Señores de la moral”. Y pensaréis que, ya que son los hombres los que inventan las leyes, todo vale, es decir… que nada vale. Entonces el dinero será Dios, le construiréis templos, le adoraréis y ya nadie pensará en la nada, en la ausencia del verdadero Dios. Al principio, os felicitaréis por haber matado a Dios, pero si ya nada se debe a Dios todo recae sobre el hombre, ¿no? La vanidad no conoce la angustia, os atribuiréis toda la inteligencia, jamás la historia habrá conocido filósofos más oscuros y, sin embargo, más felices. Freud, esto aún no lo ves, pero el mundo se verá privado de la luz. Y cuando un joven en una tarde de duda tan frecuente en la juventud pregunte a los hombres de su alrededor: ¿por favor, por favor, cuál es el sentido de la vida? Nadie podrá responderle. Será vuestra obra, la tuya y la de otros, eso es lo que haréis los grandes de este siglo, explicaréis: el hombre por el hombre y la vida por la vida. Y el hombre será
un loco en su celda que juega una partida de ajedrez entre su inconsciente y su conciencia.
¡Freud… Freud! ¿Aún tienes la embriaguez del conquistador, del que crea pero piensa en los otros, en los que están por nacer? ¿Qué mundo les habrás dejado? El ateísmo revelado.

Dos coordenadas en la Escritura

Quizás hubiera ahorrado muchas páginas recogiendo antes estas dos directrices marcadas en el Nuevo Testamento. Una corresponde a Cristo, la otra a san Pablo. “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5, 17-19). Abrazar al hombre en sus diversas situaciones y vivirlas en plenitud. El sentido de estas palabras de Cristo tiene otro contexto,
pero las parafraseo para darle un nuevo sentido. Cualquier experiencia del hombre, si queremos vivirla en toda su verdad, llevándola a la plenitud a la que aspira, nos acercará a Cristo, posiblemente nos llevará hasta Él.

La afirmación de Pablo se dirige a una de las iglesias que él fundó, en un mundo hostil a su mensaje: “Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno” (1 Tes 5, 21). Nguyên van Thuan, un buen predicador, exclamaba que el mundo es de quien lo ama ( El camino de la esperanza, Edicep, Valencia 2000, pp. 81-82.). Nada de lo bueno nos es ajeno. ¿La solidaridad es buena? Por supuesto. Que la caridad pueda expresar algo más pleno y perfecto no impide que la solidaridad, en sí misma, sea buena. La solidaridad, pues, no nos es ajena. Conviene que estemos precavidos para no cambiar la máxima del Apóstol de Tarso por otra que vendría a decir que “sólo lo perfecto nos es propio”. No: nada bueno nos es ajeno.

A este caso se refería Benedicto XVI cuando afirmaba que “la educación en la fe debe consistir antes que nada en cultivar lo bueno que hay en el hombre. El desarrollo del voluntariado, inspirado por el espíritu del Evangelio, ofrece una gran ocasión educativa”. Quizás aludía a eso Juan Pablo II cuando escribía que la evangelización del tercer milenio requiere que los cristianos seamos expertos en humanidad.

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