Cómo acompañar a los que viven “sin noticias de Dios”

No hay dos caminos iguales que conduzcan a Dios, pero sí unos rasgos comunes que facilitan un buen acompañamiento para descubrirlo: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia. No pocos jóvenes de hoy viven sin noticias de Dios, aunque expuestos a las experiencias antropológicas de siempre: el enamoramiento, la pérdida, el éxito… Ayudarles a encontrar en esas situaciones la huella de la acción amorosa de Dios no sólo contribuirá a desvelar el rostro del Padre en sus vidas, sino que hará de los cristianos “expertos en humanidad”, condición que –como repetía Juan Pablo II– reclama
la nueva evangelización del tercer milenio.

Recibí una invitación para impartir una sesión a un numeroso grupo de sacerdotes jóvenes. El título decía, nada más y nada menos, Argumentos racionales de la existencia de Dios. La invitación iba acompañada de palabras de elogio: “¡Eso que a ti se te da tan bien!”.
Busqué en la memoria alguna experiencia que le pudiese haber llevado a pensar que a mí se me daba bien acercar ateos a Dios… y no encontré ninguna persona declarada sin fe que, tras una o varias conversaciones conmigo, hubiese descubierto a Dios. Esto ya constituía un buen punto de partida. Las demostraciones de Dios son ejercicios intelectuales de interés que raramente llevan al descubrimiento de Dios, esa experiencia singular. Singular y no plural, pues no hay dos caminos iguales. Sin embargo, aunque no haya dos iguales, sí me atrevo a decir que casi todos los descubrimientos son de la
misma familia, con unos rasgos comunes sobre los que quiero tratar ahora.
Lo que propongo podría resumirlo así: un buen acompañamiento en el camino para descubrir a Dios es el de amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia.

Si el planteamiento es acertado, puede servir para acompañar a muchos jóvenes
–de edad o de espíritu, porque sin juventud no hay búsqueda–, y ayudarles eficazmente a descubrir a ese Dios del que parece que no tienen noticia.

A los que echan de menos que nuestro Dios no saque pecho y se haga notar con autoridad, les digo con Rilke:

No puedes esperar que vaya Dios a ti
para decirte: Existo.
Un Dios que revelara su fuerza
no tendría sentido.
Debes saber que Dios te atraviesa
como un soplo, desde el origen.
Y si arde tu corazón y nada expresa,
entonces es que actúa dentro de ti.

Dos epígrafes serán el pasillo que recorra antes de llegar a exponer mi propuesta.

Abrazar al hombre

Ante esta situación, nos encontramos con tantos que no sienten ninguna necesidad de Dios, y otros muchos que querrían contar con Él pero no pueden. ¿Cómo actuar para ayudar a los hijos de nuestra cultura a descubrir a Dios? Contesto con otra pregunta. ¿Cómo nos salvó Cristo? No desde una prodigiosa fórmula de contenidos teóricos. Nos salva por su acción amorosa y su resurrección. Para salvar al hombre se hace hombre.
Desde dentro, actúa. Algo así aplica Teresa de Calcuta, que explica a sus hermanas que para ayudar a los pobres hay que ser pobre: desde dentro, viviendo lo que el pobre vive.
Algo parecido podemos todos: amar la vida, abrazar al hombre, creer en la verdad, confiar en la conciencia… Acompañar al desvelamiento de Dios.
Lo diré de distintas maneras, a ver si logro darme a entender. El modo sugerido es el de acompañar a los jóvenes en sus experiencias antropológicas, con respeto y verdad.
Para ayudarles a descubrir a Dios, acompañarles en su amor a la vida, en su amor al hombre y al mundo… Amar absolutamente las experiencias humanas en toda su verdad. En este abrazo al hombre siempre se abre un camino que puede conducir a la búsqueda y encuentro con Dios.

Abrazar al joven enamorado en su enamoramiento, al huérfano que perdió a su padre en el dolor de su orfandad, al exitoso profesional en su gloria pasajera, al enfermo en su enfermedad, al deportista en su afición, al artista en su búsqueda de la belleza… ¡Abrazar
al hombre en su amor a la vida! Este abrazo también tendrá en cuenta que “una pastoral de la tranquilidad, del ‘comprenderlo todo, perdonarlo todo’ (en el sentido superficial de estas palabras) se encontraría en drástica oposición con el testimonio bíblico. La pastoral justa conduciría a la verdad y ayudaría a soportar el dolor de la misma verdad”. Con abrazar se quiere expresar el amar a quien y con quien vive la realidad humana y misteriosa de que se trate, El abrazo debe ser verdadero abrazo.

El abrazo debe ser verdadero abrazo. Juan Pablo II lo hizo con espontaneidad y entereza. Vale la pena releer sus reflexiones acerca de la pastoral que llevó a cabo con jóvenes. Dice que “la principal experiencia de aquel período…fue el descubrimiento esencial de la juventud”. Y afirma que cada educador “debe conocer bien esta característica, y debe saberla reconocer en cada muchacho o muchacha; digo más, debe amar lo que es esencial para la juventud”. Lo mismo con el matrimonio, con el noviazgo, con el sufrimiento físico, con el afán de combatir el mal de la injusticia… Amar lo esencial de esas realidades antropológicas.

Un ejemplo puede ser el ‘¡viva la vida!’ que todos deseamos gritar y gritamos. Dice Benedicto XVI a los jóvenes del mundo entero:
“Hubo un período –que aún no se ha superado del todo– en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la cruz. La cruz habla de sacrificio –se decía–; la cruz es signo de negación de la vida. En cambio, nosotros queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, sólo vivir. No nos dejamos limitar por mandamientos y prohibiciones; queremos riqueza y plenitud; así se decía y se sigue diciendo todavía. Todo esto parece convincente yatractivo; es el lenguaje de la serpiente,
que nos dice: ‘¡No tengáis miedo! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!’. Sin embargo, el Domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran ‘sí’ es precisamente la cruz; que precisamente la cruz es el verdadero árbol de la vida. No hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es entregarse a sí mismo, y por eso es el camino de la verdadera vida, simbolizada por la cruz”.

Compartir con cada uno la experiencia antropológica que protagoniza, compartirla desde dentro, cualquiera que ésta sea, puede ser la situación oportuna que le haga apto para el misterio.

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