Romper la espiral del odio: el objetivo de las Escuelas de Perdón que ya están en España

El santuario de Loyola acoge por primera vez en nuestro país las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que tan buenos resultados han cosechado en América Latina en conflictos armados, violencia familiar… Aunque el contexto es diferente, en todos los lugares hay sufrimiento, heridas y violencia; personas ofendidas y victimarios. De lo que se trata es «de romper la espiral de odio y venganza porque hay personas que perdonan, que se reconcilian, y eso les hace un bien enorme a ellas y a los perdonados», reconoce Manu Arrúe, coordinador de este proyecto

Rosa es de Ayacucho, una de las zonas más golpeadas por la violencia en Perú, durante el conflicto armado que vivió el país entre 1980 y el 2000. Perdió a sus abuelos y a sus tíos en una masacre y fue testigo de otras muchas matanzas. Todavía no ha encontrado los restos ni de sus familiares ni de muchos de los miembros asesinados de su comunidad. A menudo se preguntaba si es posible el perdón sin justicia y, sorprendentemente para ella, se dio cuenta de que sí. «He visto a muchas personas que ya perdonaron a sus victimarios y ahora siguen buscando justicia, manteniendo la esperanza de encontrar a sus seres queridos». Ella también ha podido hacerlo, sobre todo, gracias a las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE), que de América Latina llegan a España para empezar a funcionar en el santuario de Loyola, en el País Vasco.

Esta iniciativa, que ideó el sacerdote y sociólogo, miembro de los Misioneros de la Consolata, Leonel Narváez en Colombia y que ha sido premiada por la Unesco, busca, a través de un trabajo comunitario bajo la guía de un animador, transformar la rabia, el odio, el rencor y los deseos de venganza provocados por agresiones recibidas en semillas nuevas de convivencia y progreso.

El caso de Rosa es una de las numerosas experiencias que se han vivido en esta zona de Perú a través de otro Centro Loyola de Ayacucho. Como Lorenzo, que aprendió «a reconocer al ser humano con sus límites y, en este sentido, a entender que su ofensor también fue víctima de muchas circunstancias» y que pudo verse también como ofensor. Entonces surgieron las llamas del perdón y del amor.

Estos frutos brotaron gracias a las animadoras que capacitaron a personas que trabajaban con poblaciones afectadas por el conflicto armado interno o por violencia familiar. La experiencia se extendió después a afectados por la violencia, estudiantes, profesionales, personas que trabajaban en el ámbito de los derechos humanos y agentes pastorales. Se llegaron a hacer talleres en quechua para así llegar a las zonas más rurales.

Manu Arrúe, jesuita y coordinador del proyecto en nuestro país, explica que la iniciativa surgió de la última congregación general de la Compañía de Jesús, al caer en la cuenta de la situación por la que atraviesa el mundo, de la complejidad de los problemas y conflictos y de la necesidad reconciliación. En Loyola se recogió esta llamada y se lanzaron las Escuelas de Perdón y Reconciliación que, según Arrúe, se centrarán en dos objetivos: la atención a cualquier tipo de violencia, ya sea laboral, social, política, familiar…; y luego la violencia sufrida en el País Vasco durante las últimos 50 años.

Y no es baladí que el centro de este proyecto en nuestro país se encuentre en Loyola, cuna de san Ignacio, que, de algún modo, tuvo que pasar por un proceso parecido, después de que una bomba le destrozase una pierna y le dejase malherida la otra. «Tuvo que reconstruir su vida, pasar un proceso a partir del daño físico externo al que acompañó una reconversión interna. Descubrió que él también era victimario, una persona que había estado metida en todos los temas de guerras. El cambio lo ejemplifica cambiando su espada por un bastón de peregrino, el cambio de una vida violenta a una vida que busca la paz», explica Arrúe.

En febrero se realizó una primera experiencia, preparada para personas cercanas a las obras de los jesuitas y que quieren ser, en un futuro, guías, promotores de perdón, paz y reconciliación. Para ello llegaron desde Perú Eva Boyle, coordinadora del Instituto Fe y Cultura de la universidad jesuita Antonio Ruiz Montoya y Vannesa Custodio, coordinadora de ESPERE en el país andino. Habla Eva Boyle: «Tuvimos un grupo muy interesante, variado, de diferentes lugares y profesiones. Con una excelente participación que enriqueció las reflexiones. La mayoría se han comprometido para ser facilitadores de las Escuelas de Perdón y Reconciliación. Ahora están continuando su formación siguiendo un curso virtual conmigo. Terminada esta preparación podrán replicar los talleres donde les parezca conveniente».

Una experiencia en Loyola

Una de esas futuras guías, que participó en las reuniones de febrero, es Rosa Miren Pagola, que reconoce estar «impresionada» por la propuesta, que considera ha cumplido «las expectativas». Lo recibieron con reservas, pues se había aplicado a realidades de América Latina y el contexto aquí es diferente y no sabían si la metodología iba a funcionar. «Las dudas quedaron disipadas muy rápido y vimos que los talleres son muy válidos para nuestra realidad, quizá haciendo cambios muy pequeños. El sufrimiento y la necesidad se producen en todos los lugares de la misma manera; los sentimientos, las actitudes y el sufrimiento puede variar en lo circunstancial, pero en el fondo, el tratamiento y el seguimiento es válido».

Lo corrobora Eva Boyle cuando se le pregunta sobre lo que puede aportar a España: «Lo mismo que a nosotros: la posibilidad del reencuentro entre las personas que se han ofendido, que se han causado heridas en cualquier circunstancia, y también a construir de una manera más sólida una cultura de paz».

La propuesta se materializa en once módulos divididos en dos partes –perdón y reconciliación–, que se trabajan una vez a la semana durante tres horas, a través de dinámicas, reflexión, lecturas, trabajo en grupos pequeños… Rosa Miren lo explica, tal y como ella lo vivió: «En el programa se reconocen las causas de la violencia, se ven las consecuencias del odio y se ayuda a superar el resentimiento y el rencor. Esto se hace a través de distintos aspectos que motivan para el perdón y de una forma muy sencilla, pues quiere ser accesible a todo tipo de personas, a través de ejercicios personales y en grupo. Incluso con actividades manuales que nos introducen en cómo manejar las emociones, sobre sus efectos, las dimensiones del ser humano. Al final, de forma progresiva y actual se llega al fondo de uno mismo para empezar un proceso de transformación».

Abunda Eva Boyle: «El proceso provee una dinámica donde el participante se nutre de la experiencia individual y colectiva, se apropia de conceptos e integra información a su conducta diaria. Se trabaja con sus propias vivencias y se incide en los factores que obstaculizan o impulsan el ejercicio diario de la convivencia, de la cultura de la reconciliación y la resolución pacífica de conflictos».

Pagola confiesa que, siendo un proceso difícil en su conjunto, la parte del perdón es más sencilla porque es una actitud personal propia, mientras que la reconciliación es más delicada, «porque exige encontrarse con otra personas, implicarte con ella».

Lugares de perdón

Manu Arrúe, responsable además de Paz y Reconciliación en la diócesis de Bilbao, reconoce que este tipo de iniciativas son muy necesarias y que, además, en el contexto del País Vasco, pueden ayudar mucho. «Hoy hacen falta lugares donde cada persona pueda descubrir la necesidad de perdonar o pedir perdón para, luego, iniciar un proceso de reconciliación, que se puede materializar de distintas maneras. Lo que sí está claro es que la persona que es capaz de perdonar tiene una fuerza nueva y se convierte en una persona reconciliadora en la sociedad ayudando a mucha gente. Se lanza el mensaje de que es posible romper la espiral de odio y venganza porque hay personas que perdonan, que se reconcilian, y eso les hace un bien enorme a ellas y a los perdonados. Más aún, se consigue que estos últimos dejen de seguir ofendiendo e inicien un proceso de arrepentimiento».

Y añade que es algo abierto a todos, sin distinción de ningún tipo, menos de creencias: «Esto no es solo para creyentes, sino para todos. Ahora, cada uno tiene que encontrar su fuerza o fuente de vida que le permita llegar a la sanación. A veces, al iniciar estos procesos, preguntamos cuál es la motivación y hay personas que encuentran la fuerza en sus hijos, para que no vivan lo que ellas vivieron. Esa es la fuente de vida, lo que da la fuerza para salir adelante. Y estamos abiertos a todos porque en la mayoría de culturas el perdón es algo valorado». Apostilla Eva Boyle: «Están invitadas todas las personas que quieran avanzar en sus vidas trabajando las ofensas recibidas para iniciar un proceso de liberación, sean creyentes o no».

Las ESPERE de Loyola pretende, después de la experiencia piloto de febrero, que se organicen otros dos grupos de aquí a final de año para, ya en 2019, poder ofrecer esta iniciativa de manera abierta a todo aquel que lo desee.

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