La historia real de Loving: Un amor que venció al racismo

Seguramente, a ojos de los que saben, Loving no sea una gran película, pero hay en ella algo que en el momento de verla me llamó la atención y me hizo proponerla para el Ciclo de Cine Ignasi Salvat de Cristianisme i Justícia. Y he llegado a la conclusión de que tal vez lo que me afectó sea esta frase: “Dígale al juez que amo a mi esposa”.

Mildred y Richard Loving no son personajes de ficción, existieron. Una pareja interracial que se casó en Virginia en 1958. Bueno, mejor dicho, que se casó en Washington porque en Virginia los matrimonios interraciales no estaban permitidos. De hecho, cuando volvieron a su estado, ingenuos y confiados por no haber hecho nada malo, fueron encarcelados y obligados a exiliarse. Sólo el amor, las habilidades manuales de él (albañil y mecánico) y la enorme fortaleza moral de ella les permitirán sobrevivir a un desarraigo de la familia y la tierra. Aquella misma tierra que los expulsaba porque veía como un escándalo intolerable su acto, pero que ellos añoran porque es “su” tierra, sus paisajes y su gente, una tierra cálida y generosa, que contrasta con el frío de las ciudades del norte.

Cuando el caso llega a conocimiento del movimiento por los derechos civiles, se activa la maquinaria jurídica y también de propaganda para conseguir que llegue hasta el Tribunal Supremo y así tener la oportunidad de suprimir las leyes raciales vigentes en 17 estados: Loving contra Virginia. Pero incluso este proceso es un segundo exilio. Exilio de su intimidad, de su timidez y de la vergüenza de verse de repente en el centro de un mundo que les es totalmente ajeno. Incluso la revista Life les dedica un reportaje fotográfico, que inspiró algunos de los fotogramas que vemos en la película. La causa era buena, pero ellos son de una forma u otra utilizados, y no sin riesgo.

Y en medio de todo ese ruido, una historia de amor, auténtica, sólida… Dos personas que se aman, que se cuidan y que hacen lo que creen que deben hacer. Esto impresiona mucho, porque ya estamos acostumbrados a ver a grandes activistas que hablan bien, que escriben bien y que hacen de su vida una donación total. Pero en Loving no hay nada de esto. Callan los discursos y surge la vida: un embarazo, una boda sencilla, una familia que hace lo que puede para acompañar a la pareja, unos hijos que nacen, las dificultades y ahogos del día a día… Casi no hay palabras pero sí muchas miradas de afecto y de miedo compartido.

El sheriff, cuando los detiene, explica a Richard los motivos: “Cuando la sangre se mezcla, se desorienta”. Parece extraño, pero la misma frase la he oído hace poco en una entrevista a un destacado colaborador de Donald Trump, porque el racismo no se ha vencido, sólo se esconde bajo nuevas formas y rostros. También nos puede hacer reír la sentencia que los condenó: “El todopoderoso Dios ha creado las razas blancas, negras, amarillas, malayas y rojas, y las separó en diferentes continentes. El hecho de que separara las razas muestra que él no quería que se mezclaran entre ellas”. En palabras diferentes, los mismos argumentos de quienes hoy proponen construir muros muy altos y largos para detener “la mezcla”.

Pero dejemos el ruido de las ideologías de lado por un instante, sólo por un instante, y contemplemos la vida de los Loving. “Richard, ¿qué quiere que le diga al juez?”, le dice el abogado. Richard no se lo piensa mucho: “Dígale que amo a mi esposa”. Ciertamente, un amor que cambió una ley, que corrigió una injusticia y que transformó un poco el mundo.

Y uno se emociona y se pregunta a cada paso: ¿Por qué no son la vida y la humanidad la medida de todas las leyes? O en otras palabras: ¿Por qué nos empeñamos en hacer del mundo un lugar tan inhóspito?

Santi Torres

Fuente: Blog de Cristianisme i justicia.

Libros recomendados