Pitágoras decía que el inicio de la sabiduría es el silencio. Gandhi confirmaba que su mayor arma era el silencio. Y Benedetti asumía que hay pocas cosas más ensordecedoras que el silencio. ¿Qué es realmente el silencio, del que tanta gente huye pero en el que tanta otra queda atrapada? ¿Qué buscan para ir a él y qué encuentran para quedarse? ¿Por qué hay quien, entre la búsqueda y el encuentro, le ha cambiado la vida de modo que, al final, son gente despierta, consciente, contemplativa, abierta, libre, plena…? Es curioso captar que quien encuentra el silencio se queda siempre en él; y quien no lo encuentra pero lo buscaba, en el fondo no acaba de marchar nunca porque queda atrapado… Hemingway afirmaba que el ser humano necesita dos años para aprender a hablar pero sesenta para aprender a callar. ¿Será que el silencio es clave en la vida humana y no lo pensamos cuidar?

Si el silencio es tan profundo, tan pacificador y tan transformador, tal vez se entiende porqué Occidente a menudo está lleno de tantos ruidos. ¿Será que no nos quieren profundos, pacíficos y transformadores? ¿Cuántas miradas hablan más que mil palabras? ¿Cuántos gestos dicen más que grandes discursos? ¿Cuántas veces callando hemos dicho tanto más que hablando? El silencio es un tesoro de la vida natural, y en especial de la vida humana. El silencio, por encima de todo, es un gran misterio que nos adentra en la mística, palabras de la misma raíz. Místico no es sólo aquel que encuentra y se queda en aquellas profundidades, sino el que está en búsqueda y, en su proceso interior, se adentra en el misterio. Hacer silencio invita a hacer este camino, sobrepasar este hito y caminar hacia una meta desconocida. Curiosamente, todas las religiones lo fomentan y lo practican. Todos los santos, los grandes referentes, los grandes líderes de paz y bien, han tenido experiencias prolongadas de silencio en su vida, que los han marcado.

Asimismo el silencio está muy vinculado al desierto. En el mundo judío, y en el de los primeros cristianos también, el desierto era el lugar de retiro y reencuentro con Dios. En el norte de África, frecuentado por el Islam, la vida y la obra del cristiano Charles de Foucauld, con su impresionante oración de abandono a toda voluntad divina, muestra una trayectoria vital que sorprende por la determinación en seguir la intuición del silencio, es un primer paso para adentrarse en la vida del desierto hecha contemplación constante. La película De dioses y de hombres, que trata sobre la experiencia traumática de unos monjes trapenses católicos, en el norte de Argelia, viviendo en paz pero en unos tiempos convulsos del mundo islámico, es otra de aquellas experiencias que invitan a captar cómo del silencio salen todas las conversaciones. En tercer lugar, leer y escuchar a Pablo d’Ors, en especial a partir de su bestseller La biografía del silencio, es todo un privilegio que ha hecho que mucha gente haya empezado a plantearse introducir experiencias de silencio en su vida, cada semana o incluso un rato cada día. D’Ors afirma que en un año, o menos aún, en seis meses de experiencia de silencio, se es capaz de percibir cambios en la vida que darán la plenitud que se buscaba y que, según el autor, todo el mundo tiene derecho y dignidad para encontrarla. He aquí un gran proyecto que ha nacido recientemente y que está enriqueciendo mucho a la gente que participa en él: se trata de los Amics del Desert (Amigos del Desierto), que han hecho realidad hoy lo que Pitágoras afirmó hace 2.500 años: “El inicio de la sabiduría es el silencio”.

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